martes, 7 de julio de 2026

CHARLAS CON ALEX, XI. Tatuajes

 


Alex es un chico con inquietudes. Está en segundo curso de políticas. Sospecho que milita en algún partido de izquierdas, aunque se muestra retraído y misterioso al respecto. Está convencido de que me mantengo fiel al ideario de mis ancestros. Por fortuna tiene interés en aprender y sospecho que desarrolla cierto espíritu crítico. Mis charlas con él son ilustrativas para ambos.

 —Abuelo, estoy pensando en hacerme un tatuaje. ¿Te parece bien?

—Ni bien ni mal, eso es cosa tuya.

—¿Pero tú te lo harías?

—Desde luego que no.

—Entonces no te gustan.

—Ni me gustan ni me disgustan, como decía mi abuela ‘que cada uno haga de su capa un sayo’ y ‘todos contentos y engañados’. Al que le guste que se lo haga, a mí me parece una cosa innecesaria, una agresión corporal a la que no estoy dispuesto.

—Pero están tan de moda…

—Eso de las modas es relativo. Parece que se acaban de inventar, pero te recuerdo que los tatuajes vienen de mucho tiempo atrás, probablemente desde la prehistoria. Hay evidencia de tatuajes en Chile de hace más de 2 000 años y el famoso hombre del hielo de los Alpes, Orzi, con más de 3 000 también estaba tatuado. Ha habido tatuajes en casi todas las culturas, desde Persia hasta Grecia y Roma, pasando por las precolombinas y el oriente. El horimono es un tipo de tatuaje especifico de Japón surgido en el periodo Edo en el siglo XVII que todavía se cultiva. Probablemente a Europa llegó desde la Polinesia, cuando el capitán Cook navegaba por aquellas latitudes. Los marineros aprendieron la técnica de los maoríes y la trajeron a Europa. Aquí se extendió entre los marineros y, curiosamente entre la población carcelaria, a lo mejor para matar el tiempo del que disponían en demasía. Luego se puso de moda, entre la juventud, quizás como símbolo contestatario, hasta convertirse en verdadero arte. Te recuerdo que llevaba ese título una de las novelas del llorado Vázquez Montalbán, y en Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, como habrás leído, el arponero maorí va cubierto de ellos.

—Yo tengo amigos y amigas que llevan unos tatuajes preciosos.

—Yo también conozco muchas personas, de todas las edades, que los llevan, pero para mí tienen dos inconvenientes: uno que son para siempre, y el pensamiento de la eternidad me produce desasosiego; otro que hay que llevar la parte tatuada bien a la vista para que surta efecto, lo que sobre todo en invierno me parece poco práctico.

—¿Entonces tú no te lo harías?

—Por el momento, no. Como prueba, me he hecho algunas veces un ‘tatuaje temporal’ de henna en Marraquech, la experiencia ha sido satisfactoria, pero cuando el dibujo se ha borrado le he dicha adiós sin ninguna pena. Y hasta ahora. Ese me parece el tatuaje perfecto.

—Pues me lo pensaré.

—Your self

 

 

 

                

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