Alex es un chico con inquietudes. Está en segundo curso de políticas. Sospecho que milita en algún partido de izquierdas, aunque se muestra retraído y misterioso al respecto. Está convencido de que me mantengo fiel al ideario de mis ancestros. Por fortuna tiene interés en aprender y sospecho que desarrolla cierto espíritu crítico. Mis charlas con él son ilustrativas para ambos.
—Ni bien ni mal,
eso es cosa tuya.
—¿Pero tú te lo
harías?
—Desde luego que
no.
—Entonces no te
gustan.
—Ni me gustan ni
me disgustan, como decía mi abuela ‘que cada uno haga de su capa un sayo’ y
‘todos contentos y engañados’. Al que le guste que se lo haga, a mí me parece
una cosa innecesaria, una agresión corporal a la que no estoy dispuesto.
—Pero están tan
de moda…
—Eso de las modas
es relativo. Parece que se acaban de inventar, pero te recuerdo que los
tatuajes vienen de mucho tiempo atrás, probablemente desde la prehistoria. Hay
evidencia de tatuajes en Chile de hace más de 2 000 años y el famoso hombre del
hielo de los Alpes, Orzi, con más de 3 000 también estaba tatuado. Ha habido
tatuajes en casi todas las culturas, desde Persia hasta Grecia y Roma, pasando
por las precolombinas y el oriente. El horimono
es un tipo de tatuaje especifico de Japón surgido en el periodo Edo en el siglo
XVII que todavía se cultiva. Probablemente a Europa llegó desde la Polinesia,
cuando el capitán Cook navegaba por aquellas latitudes. Los marineros
aprendieron la técnica de los maoríes y la trajeron a Europa. Aquí se extendió
entre los marineros y, curiosamente entre la población carcelaria, a lo mejor
para matar el tiempo del que disponían en demasía. Luego se puso de moda, entre
la juventud, quizás como símbolo contestatario, hasta convertirse en verdadero
arte. Te recuerdo que llevaba ese título una de las novelas del llorado Vázquez
Montalbán, y en Veinte mil leguas de
viaje submarino de Julio Verne, como habrás leído, el arponero maorí va
cubierto de ellos.
—Yo tengo amigos
y amigas que llevan unos tatuajes preciosos.
—Yo también
conozco muchas personas, de todas las edades, que los llevan, pero para mí
tienen dos inconvenientes: uno que son para siempre, y el pensamiento de la
eternidad me produce desasosiego; otro que hay que llevar la parte tatuada bien
a la vista para que surta efecto, lo que sobre todo en invierno me parece poco
práctico.
—¿Entonces tú no
te lo harías?
—Por el momento,
no. Como prueba, me he hecho algunas veces un ‘tatuaje temporal’ de henna en
Marraquech, la experiencia ha sido satisfactoria, pero cuando el dibujo se ha
borrado le he dicha adiós sin ninguna pena. Y hasta ahora. Ese me parece el
tatuaje perfecto.
—Pues me lo
pensaré.
—Your self

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