Noviembre 2005
Querido
Alex:
Razón tienes al reprocharme, te urjo a que me escribas y luego paso largas temporadas sin contestar a tus cartas. Debías saber, a estas alturas, que soy una persona anárquica funcionando a impulsos imprevisibles y que, como dice Giovanni Guareschi, nunca me he arrepentido de dejar para mañana cualquier cosa que pudiera haber hecho hoy.
Pero te
prometo, con toda la seriedad de que soy capaz, que me propongo firmemente contestar
a tus cartas, por lo menos durante el tiempo que dure tu Erasmus.
Recuerdo
ahora que cuando me avisaron de tu llegada, hace ya dieciséis años, la sensación
de la perpetuidad me sorprendió, cosa que no me había pasado con ninguno de mis
hijos y en la emoción del momento, decidí escribirte una serie de epístolas que
estableciera nuestra relación por si no me quedaba tiempo de hablar contigo. Imagino
que se debía a la intención de transmitir algo de lo que uno ha aprendido, el
sentimiento de los antiguos griegos de permanecer en la memoria de los hombres
para lograr la inmortalidad, como puedes leer, cuando lo consideres oportuno,
en la Ilíada, cosa que te recomiendo vivamente.
Ya
sabes cómo me gusta hacer planes nebulosos y visionarios que generalmente
quedan en nada. Así pasó entonces con la fantástica serie de cartas que había
imaginado, y mira por donde, años después nos encontramos de conversación
epistolar, pero esta vez en un punto mas avanzado. Ahora, por lo menos, nos
conocemos un poco y es probable que nos resultemos lo bastante interesantes
como para intentar saber algo más el uno del otro.
Tenemos
algunas ventajas. Tú te encuentras, al menos por el momento, aislado en un país
extraño y yo en los últimos años de una vida que necesito explicarme, tampoco
sé para qué. Ese es un buen caldo de cultivo para intercambiar opiniones y
experiencias. Sin grandes necesidades y sin urgencias, lo que dé la mata, o
como decís los catalanes, tal com raja.
Rebuscando
estos días en la memoria, pensando en que contarte que no fueran solamente las
impresiones de un vejestorio medio decepcionado y astroso, poco útiles para ti
y seguramente enfadosas y sin sentido, me encontré con la señora Kikiu. ¿La
recuerdas? Quizás no, como todas las cosas que pertenecen a una infancia
lejana, por feliz que fuera. La memoria es cosa curiosa que no siempre responde
a nuestras necesidades, sino a oscuros designios pertenecientes al mundo de lo
inconsciente que Freud estudió, no se si bien, pero desde luego de forma
prolija y detallada. Uno recuerda lo que le conviene o le interesa, lo demás
permanece en ese limbo de la mente, desconocido e ilocalizable, de donde solo
sale en momentos puntuales o en el sueño.
¡Esos
recuerdos amagados, que van llenando el depósito ignorado de un poso oscuro,
casi siempre tétricos y amargosos!
No es
este el caso de la señora Kikiu. Levantabas pocos palmos del suelo cuando
apareció. Y como era personaje nuevo e inexistente, tuviste que explicárnoslo.
A los tres años, nadie es un orador consumado y menos convincente, así que tuvimos
que completar con nuestra imaginación la tuya. Oriental si que era, además del
nombre que evocaba latitudes orientales, por el aspecto exterior que remedabas
con aquel viejo mantón un poco astroso, resobado y amable con que tu abuela se cubría
en las veladas televisivas de sillón desparramado.
Como el
doctor Jekyll y Mr. Hide, la señora Kikiu y Alex eran dos calderos en los
extremos de la cuerda del pozo. Cuando uno aparecía en el brocal, el otro se
encontraba en lo más profundo de las aguas oscuras. Nunca coincidieron. Por
eso, lo que sabemos de la señora Kikiu es solamente lo que ella quiso contarnos,
y se mostraba especialmente esquiva, como ente que pertenecía a un mundo
encantador y mágico que solo podía existir de forma plena en tu imaginación.
Pero el
poder de esta es tan grande que el personaje acabó instalándose entre nosotros.
Y aún después de tantos años todavía la recuerdo, menuda y grácil, de airoso
porte, paseándose altiva y hierática entre la concurrencia familiar en un
silencio lleno de misterios permitiendo que cada uno de nosotros imaginara a su
antojo palabras y sentimientos que nunca comunicara.
Con el
tiempo, que todo lo trilla, la señora Kikiu fue desvaneciéndose, quizás para
volver en dulces y lentas jornadas, a su lejano país de Andere.
Pero de
vez en cuando, a cada ocasión en que los recuerdos vuelven a aquellos días, su
figura menuda, trasbillandose a cada paso con el mantón que tan bien la definía,
vuelve a deslizarse entre nosotros refrescándonos el corazón. (Los antiguos
egipcios dirían el hígado).
No sé por
qué la asocio, además de con los restaurantes chinos en los que tanto te gustaba
comer nueces con nata, a la música de Tarrega, quizás porque aquel verano era
el leif motiv que utilizábamos para
inducirte a arañar con fruición las cuerdas del diminuto violín que te había
regalado Ágata y que intentaras consolidar tu primera vocación, la de músico, y
“a ser posible, director de orquesta”. No creo que percibieras la licencia que
suponía cambiar el violín por la guitarra. Al fin y al cabo, todo eran cuerdas.
¡Cosas
menudas que constituyen la esencia de la vida!
Por esa
época, decidiste que los largos viajes, en los que te veías inmerso como lanzadera
involuntaria, no se establecían entre las localidades físicas que te era
difícil imaginar, sino entre la localidad de partida y el país de Popeig, mucho
más fácil de localizar por una imaginación libre. Cuando los periodos de
vacaciones terminaban y la partida se hacia inevitable y con los normales
ribetes de tristeza, el lugar de destino era siempre el imaginario Popeig,
donde seguramente te esperaban nuevas emociones y descubrimientos sin cuento,
lejos de la ramplona realidad, única que los obtusos adultos éramos capaces de
contemplar.
Sin
saberlo entonces, estabas viajando como tantos hombres antes, en un recorrido
interminable hasta la inasequible Ítaca, reinventando el Mito del eterno
retorno en el que permanecemos presos.
