sábado, 4 de julio de 2026

CARTAS QUE QUIZÁS NUNCA SE ENVIARON

 


Noviembre 2005

Querido Alex:

Razón tienes al reprocharme, te urjo a que me escribas y luego paso largas temporadas sin contestar a tus cartas. Debías saber, a estas alturas, que soy una persona anárquica funcionando a impulsos imprevisibles y que, como dice Giovanni Guareschi, nunca me he arrepentido de dejar para mañana cualquier cosa que pudiera haber hecho hoy.

Pero te prometo, con toda la seriedad de que soy capaz, que me propongo firmemente contestar a tus cartas, por lo menos durante el tiempo que dure tu Erasmus.

Recuerdo ahora que cuando me avisaron de tu llegada, hace ya dieciséis años, la sensación de la perpetuidad me sorprendió, cosa que no me había pasado con ninguno de mis hijos y en la emoción del momento, decidí escribirte una serie de epístolas que estableciera nuestra relación por si no me quedaba tiempo de hablar contigo. Imagino que se debía a la intención de transmitir algo de lo que uno ha aprendido, el sentimiento de los antiguos griegos de permanecer en la memoria de los hombres para lograr la inmortalidad, como puedes leer, cuando lo consideres oportuno, en la Ilíada, cosa que te recomiendo vivamente.

Ya sabes cómo me gusta hacer planes nebulosos y visionarios que generalmente quedan en nada. Así pasó entonces con la fantástica serie de cartas que había imaginado, y mira por donde, años después nos encontramos de conversación epistolar, pero esta vez en un punto mas avanzado. Ahora, por lo menos, nos conocemos un poco y es probable que nos resultemos lo bastante interesantes como para intentar saber algo más el uno del otro.

Tenemos algunas ventajas. Tú te encuentras, al menos por el momento, aislado en un país extraño y yo en los últimos años de una vida que necesito explicarme, tampoco sé para qué. Ese es un buen caldo de cultivo para intercambiar opiniones y experiencias. Sin grandes necesidades y sin urgencias, lo que dé la mata, o como decís los catalanes, tal com raja.

Rebuscando estos días en la memoria, pensando en que contarte que no fueran solamente las impresiones de un vejestorio medio decepcionado y astroso, poco útiles para ti y seguramente enfadosas y sin sentido, me encontré con la señora Kikiu. ¿La recuerdas? Quizás no, como todas las cosas que pertenecen a una infancia lejana, por feliz que fuera. La memoria es cosa curiosa que no siempre responde a nuestras necesidades, sino a oscuros designios pertenecientes al mundo de lo inconsciente que Freud estudió, no se si bien, pero desde luego de forma prolija y detallada. Uno recuerda lo que le conviene o le interesa, lo demás permanece en ese limbo de la mente, desconocido e ilocalizable, de donde solo sale en momentos puntuales o en el sueño.

¡Esos recuerdos amagados, que van llenando el depósito ignorado de un poso oscuro, casi siempre tétricos y amargosos!

No es este el caso de la señora Kikiu. Levantabas pocos palmos del suelo cuando apareció. Y como era personaje nuevo e inexistente, tuviste que explicárnoslo. A los tres años, nadie es un orador consumado y menos convincente, así que tuvimos que completar con nuestra imaginación la tuya. Oriental si que era, además del nombre que evocaba latitudes orientales, por el aspecto exterior que remedabas con aquel viejo mantón un poco astroso, resobado y amable con que tu abuela se cubría en las veladas televisivas de sillón desparramado.

Como el doctor Jekyll y Mr. Hide, la señora Kikiu y Alex eran dos calderos en los extremos de la cuerda del pozo. Cuando uno aparecía en el brocal, el otro se encontraba en lo más profundo de las aguas oscuras. Nunca coincidieron. Por eso, lo que sabemos de la señora Kikiu es solamente lo que ella quiso contarnos, y se mostraba especialmente esquiva, como ente que pertenecía a un mundo encantador y mágico que solo podía existir de forma plena en tu imaginación.

Pero el poder de esta es tan grande que el personaje acabó instalándose entre nosotros. Y aún después de tantos años todavía la recuerdo, menuda y grácil, de airoso porte, paseándose altiva y hierática entre la concurrencia familiar en un silencio lleno de misterios permitiendo que cada uno de nosotros imaginara a su antojo palabras y sentimientos que nunca comunicara.

Con el tiempo, que todo lo trilla, la señora Kikiu fue desvaneciéndose, quizás para volver en dulces y lentas jornadas, a su lejano país de Andere.

Pero de vez en cuando, a cada ocasión en que los recuerdos vuelven a aquellos días, su figura menuda, trasbillandose a cada paso con el mantón que tan bien la definía, vuelve a deslizarse entre nosotros refrescándonos el corazón. (Los antiguos egipcios dirían el hígado).

No sé por qué la asocio, además de con los restaurantes chinos en los que tanto te gustaba comer nueces con nata, a la música de Tarrega, quizás porque aquel verano era el leif motiv que utilizábamos para inducirte a arañar con fruición las cuerdas del diminuto violín que te había regalado Ágata y que intentaras consolidar tu primera vocación, la de músico, y “a ser posible, director de orquesta”. No creo que percibieras la licencia que suponía cambiar el violín por la guitarra. Al fin y al cabo, todo eran cuerdas.

¡Cosas menudas que constituyen la esencia de la vida!

Por esa época, decidiste que los largos viajes, en los que te veías inmerso como lanzadera involuntaria, no se establecían entre las localidades físicas que te era difícil imaginar, sino entre la localidad de partida y el país de Popeig, mucho más fácil de localizar por una imaginación libre. Cuando los periodos de vacaciones terminaban y la partida se hacia inevitable y con los normales ribetes de tristeza, el lugar de destino era siempre el imaginario Popeig, donde seguramente te esperaban nuevas emociones y descubrimientos sin cuento, lejos de la ramplona realidad, única que los obtusos adultos éramos capaces de contemplar.

Sin saberlo entonces, estabas viajando como tantos hombres antes, en un recorrido interminable hasta la inasequible Ítaca, reinventando el Mito del eterno retorno en el que permanecemos presos.