—Abuelo, me dijiste que la Constitución actual necesita una urgente revisión y me dejaste perplejo ¿No es ese el papel del legislador? ¿No están para eso nuestros diputados —y diputadas— a los que mantenemos en cómodas residencias en Madrid con salarios más que dignos?
—Pues sí, pero
resulta que, para una revisión constitucional, según dice la vigente en su
artículo 167, se requiere un acuerdo de las tres quintas partes de ambas
cámaras, lo que parece hoy inalcanzable. Nadie se atreve a ponerle el cascabel
al gato. Con el guirigay que hay en el Congreso, me parece que tenemos Constitución
para rato.
—Eso no es bueno,
las constituciones tienen que ser un elemento vertebrador y ágil, si no se
vuelven inoperantes y pueden hacer más daño que beneficio.
—Claro, por eso
los ingleses no la tienen escrita y así no hay problema.
—Bueno, tienen su
Carta Magna.
—Sí, pero es de
la época de Juan sin Tierra, en 1215 y tampoco está vigente. Los ingleses se
rigen por las normas y leyes del parlamento, por el derecho consuetudinario y
por el conjunto de normas que llaman constitución
no codificada. Los que lo tuvieron más claro fueron los americanos. En 1787
se proclamó su Constitución como un documento inamovible. No me resisto a
recordarte el comienzo porque me parece uno de los textos fundamentales más
hermosos, sobre todo teniendo en cuenta el momento histórico de que se trata: Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a
fin de formar una unión más perfecta, establecer justicia, asegurar la
tranquilidad interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar
general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los
beneficios de la libertad, proclamamos e instituimos esta Constitución para los
Estados Unidos de América.
—¡Abuelo, que eso
ya lo sabía, está por todas partes!
—Bueno, no seas
tan sabihondo, nunca es malo repetir las cosas, lo que abunda no daña. En lo
que quería insistir es en que arbitraron un sistema estupendo para que la Constitución
no se les quedara anticuada ni tuvieran dificultades para modernizarla si no se
ponían de acuerdo como nos pasa a nosotros ahora, y es ir añadiéndole enmiendas
para cada caso, así es más fácil lograr un consenso en asuntos puntuales y la
cosa funciona estupendamente. Creo que van por la enmienda numero veintisiete.
—¿Y por qué no se
hace algo parecido en España?
—Es lo que habría
que preguntar a nuestros políticos, pero de momento no es tema que les preocupe,
bastante tienen con sacar adelante el día a día y parapetarse contra los
disparos de la oposición. Sobre todo, ahora que se avecinan elecciones y están
todos enloquecidos porque se juegan muchos puestos de trabajo y, sobre todo,
muchos asuntos, y muy serios en lo que se refiere a temas fundamentales: las
libertades, la sanidad, la educación, las pensiones, y, sobre todo, la
economía. Si la economía no va bien, nada puede ir bien. Ya sabes que “donde no
hay harina, todo es mohína”.
—¡Abuelo, pareces
más catalán que yo!
—Algo se me habrá
pegado después de tantos años.

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