—Abuelo, volviendo a lo del otro día, le eché un vistazo a la Política y en una nota a pie de página dice que la mejor Constitución es una aristocracia mixta, una mezcla de aristocracia, oligarquía y democracia; o bien una politeia, mezcla de oligarquía y de democracia que puede resumirse como “republica”.
—Esa era una
palabra que estaba proscrita en mis tiempos, fíjate tú que cosas. Hoy por
fortuna se habla de ella con la mayor naturalidad, hay debates sobre monarquía o
república y es muy posible que, andando el tiempo llegues a ver a esa señora
más de cerca. Pero a lo que vamos de las mezclas: me gustan, como los perros de
mil razas que tienen un poco de todas ellas y suelen ser listos y capaces de
adaptarse a cualquier situación. Por eso no me gustan los gobiernos con mayoría
absoluta ni las dictaduras de cualquier clase que sean.
—Pero si no hay
una clara voluntad que mande, es difícil llevar a cabo un proyecto político.
—Es difícil pero
no imposible, ahí radica el mérito del quehacer político: en aunar voluntades,
escucharse unos a otros, tomar en cuenta las opiniones de los demás, aunque
sean discrepantes de las nuestras —siempre que estén dentro de la legalidad— y
en llegar mediante pactos y consensos a acuerdos en los que se sientan
reflejados todos los ciudadanos, sea de la tendencia que sea. Eso es mucho más
complicado y requiere más categoría y cintura política que gobernar con el “ordeno
y mando” como se hace en las dictaduras.
—A mí eso de las
dictaduras me suena a cuento chino.
—Precisamente,
ahí tienes a China con una dictadura, del proletariado o de lo que sea, un tipo
de gobierno sin libertades y con terribles carencias democráticas y sin embargo
se ha puesto a la cabeza del mundo en temas económicos y están colonizando
media África. Observa la paradoja. A lo mejor si le preguntáramos a un chino si
prefería morirse de hambre como antes o comer todos los días tres veces, aunque
tenga menos libertad, nos sorprendía su respuesta.
—La próxima vez
que vaya a un restaurante chino lo pregunto.
—Prueba, pero me
da que son demasiado discretos y tienen bastante con buscarse la vida en un
país tan alejado del suyo para meterse en más conflictos. Cíñete al estudio de
la Constitución y no le busques tres pies al gato.
—Será de las constituciones,
porque en este país, después de las monarquías absolutas, llevamos unas
cuantas.
—Y tanto, nada
menos que ocho: la famosa “Pepa” de Cádiz que inauguró la serie, y luego las de
1834, 1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y por fin, la vigente desde 1978. Unas
duraron más y otras menos.
—La actual es de
las que más ha durado, ¿no?
—Si no contamos
la de la Restauración de 1876, sí. El problema de las constituciones es que,
como todo lo humano, necesitan prudentes y periódicas revisiones. Sólo los
libros sapienciales permanecen incólumes a través del tiempo. Por eso tienen
tantas dificultades para irse adaptando a la actualidad.
—¿Quieres decir
que nuestra Constitución actual necesita una revisión?
—Desde luego. Es
más, te diría que la pide a gritos. Hay muchos temas que ya han quedado
obsoletos, empezando por la monarquía, la relación con la iglesia católica y
otras confesiones que no tenían presencia en nuestro país cuando se redactó, la
distribución territorial y un largo etcétera.
—¿Y por qué no se
ponen a ello?
—Ay, amigo mío,
eso es harina de otro costal.

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