viernes, 7 de febrero de 2020

MAFALDA



   I





A Mafalda le entusiasman los encuentros  familiares, pero se cansa pronto de tantas voces sonando al unísono, de tantas anécdotas ya conocidas que se repiten con crueldad innecesaria, de tantos recuerdos comunes que se intercambian de forma repetitiva porque forman parte de la imprescindible cohesión del grupo.
Entonces sale discretamente -le gusta pasar desapercibida cuando hay tanto bullicio- y se regala con un discreto paseo en el camino polvoriento que rodea el cortijo. Por un momento se siente adulta e independiente, nota sus pasos breves arañar la arena suelta y disfruta de su atrevida libertad. Mafalda es muy sociable, pero a veces le gusta sentirse libre en la solitaria quietud del campo.
Está cayendo la noche, el sol se ocultó hace rato, pero el anochecer de noviembre no tiene prisa en instalarse. Se ha detenido la oscuridad tras las montañas, sin prisa por cubrir el pequeño valle donde el cortijo se asienta. En lontananza, los cerros yerguen sus crestas de quebrada geometría dibujando un horizonte cercano, creando la ilusión de que el mundo se acabara en la línea que trazan contra el cielo. Quedan aún, bajo las nubes oscuras que se difuminan en la oscuridad, unos jirones rojos que el sol mortecino envía en un suspiro póstumo, despidiéndose en un último gesto de su poder, advirtiendo al firmamento de que su desaparición es solo un accidente del que despertará, con su potencia cegadora, dentro de pocas horas.
Empieza a caer la noche, el camino se ha convertido en una cinta de plata que desaparece en lo oscuro y Mafalda, que es de natural asustadizo, se arrepiente de su osadía y vuelve grupas apresurando el paso hacia la bonanza del cortijo. 
Seguro que la chimenea ya está encendida.


  II





Mafalda es débil y caprichosa, como esos niños encanijados a los que nadie se atreve a reñir temiendo avasallar su patente fragilidad; ella se aprovecha cuando tenemos invitados bajo la fresca morera. Con mohines de vieja alcahueta y remilgos de adolescente inmadura, se acerca a cada uno de los comensales como si fuera un amigo recién descubierto y le suplica, con la mirada lastimera del que está sometido a una injusta abstinencia, un poco de comida. Casi siempre tiene éxito; a la gente que no conoce sus ardiles, le enternece la mirada suplicante que no sospechan hipócrita. Mafalda engulle –a tragaloperro, nunca mejor dicho- cualquier cosa que le ofrezcan como si, efectivamente estuviera famélica, con un hambre insaciable de perro desnutrido. Insiste una y otra vez y cuando aburre al cliente, que la rechaza, cambia de apostadero. Nunca tiene bastante, debe padecer lo que se llama hambre canina.
A su Mami y a mí no nos engaña, pero contemporizamos por no dar explicaciones a los invitados. Luego, sufrimos sus malas noches y sus vomitonas.
Mafalda, a veces, se comporta como una chica alocada e inconsciente.

  III





A Mafalda, desde la primera vez que la llevamos al mar, le gusta hacer castillos en la arena. Bueno, lo que de verdad le gusta es que yo se los haga mientras ella construye el foso alrededor. Escarba hasta que llega al agua, entonces salta hacia atrás alborozada, como si el pequeño riachuelo la persiguiera, porque el agua no le gusta. Luego, impaciente, sigue escarbando y escarbando hasta que tira todo el castillo que tanto trabajo me ha costado levantar. Yo me rio y no se me ocurre reñirle. Así nos divertimos, como si fuéramos chiquillos.
Ayer encontramos un niño en la playa, un niño que no tendría arriba de cinco o seis años, no llegamos a averiguarlo porque tenía parálisis infantil y no supo decírnoslo. Se reía con muecas descontroladas cada vez que le preguntábamos, como si nuestras preguntas le hicieran mucha gracia. Estaba tan contento que un hilo de babilla le caía por la comisura de la boca. A Mafalda no le gustan los niños porque le roban protagonismo y le tiran del pelo sedoso y grisáceo, pero este si pareció gustarle, quizás porque intentaba construir un castillo y no le salía. Su madre vigilaba cerca, pero nos dejó jugar con él cuando vio que le construíamos uno de nuestros mejores castillos, con sus almenas, su foso y todo lo demás. El niño palmeaba y se reía, como si aquello fuera lo más gracioso que le hubiera pasado en su vida, luego se compinchó en destruirlo con Mafalda, a grandes manotazos,  mientras nos riamos los tres como locos. Esta vez, el foso no sirvió para nada.



IV







No me gusta llevar a Mafalda a la playa porque sé que frente a la inmensidad de agua azul se siente insegura. Procuro acercarla poco a poco a las olas suaves por la mañana temprano, cuando la saco para que estire las patas y haga lo que tenga que hacer para alivio de su vientre reprimido toda la noche. Ella, después dos o tres breves paradas técnicas y reconcentradas, trota a mi lado sin mucho convencimiento, echando miradas furtivas hacia la casa, cada vez más lejana, donde Mami nos espera preparando el desayuno. Al principio Mafalda se muestra contenta, me sigue dando botes y haciendo sonar de forma alocada el cascabel de su collar, pero cuando nos acercamos al agua, se vuelve temerosa. Yo le riño: "no seas cagueta, Mafalda, es solo agua y está calentita". Ella agacha la cabeza, no quiere contrariarme, pero el agua sigue sin gustarle. La estoy poniendo en un compromiso con mis recomendaciones que no atiende, pero no se atreve a desobedecerme. Se acerca a las olas que rompen mansamente, casi sin ruido, olisquea con desconfianza y se retira con precaución antes de que alguna pueda mojarle las patas.
Acabo dándome por vencido. "Vámonos, Mafalda". Y volvemos a casa, paseando lentamente. El café está recién hecho.


 v






“En la piragua no te vas a mojar, no tengas miedo”, le digo, porque aún mantengo la esperanza de convertirla en una perra anfibia. Una vez en la piragua, ya no hay retroceso, pienso, de aquí no se atreverá a tirarse.
Siempre he oído decir que a los perros les gusta el agua y que nadan con cierta facilidad, pero con Mafalda hemos pinchado en hueso. Solo le gusta el agua templadita de la pileta donde Mami la baña. Allí se recrea, rebozada en champoo como si fuera un merengue peludo. Solo protesta airada cuando le cae jabón en los ojos; entonces grita con gruñidos amenazadores y amagos de muerdo a los que Mami no hace caso. Luego sale, se sacude y lo pone todo perdido. Nos dirige una mirada traviesa y divertida, como diciendo “Eh! Que no soy un perro de aguas, tengo que quitarme todo esto de encima cuanto antes”.
Una vez aseada, por no hacerme la contra, se deja subir a la piragua, pero en cuanto me doy la vuelta para coger las palas, se escabulle como una anguila y se esconde en el sitio más inverosímil.
¡Como es tan pequeña!...


VI






Mafalda es muy cobardica, pero en casa se crece. Apostada junto a la puerta del patio, vigila a los gatos vagabundos que han dado en saltar la valla del jardín al olisque de las ratas que lo patrullan de noche. Yo le advierto “Mafalda, no te juntes con esos gatos, que tienen pulgas”. Son gatos medio montaraces de los que no se puede uno fiar. A Mafalda no es que le disgusten especialmente los gatos -sospecho que no tiene muy claro su pertenencia a la clase perro-, pero es muy pundonorosa y sabe cuál es el escalafón que le corresponde. Nunca permitiría que yo presenciara una escena tan vergonzosa como la de verla contemporizar con esos gatazos de pelo crespo y mirada provocadora, así que cuando percibe a alguno de ellos deslizándose por un agujero de la enredadera, salta como un resorte, ladrando como si fuera a comérselo. A veces pienso que se entretiene haciendo prácticas de ladrido cuando nadie la ve, porque emite unos sonidos largos y profundos, impropios de un cuerpo tan pequeño, y obtiene unos resultados estupendos; el gato hacia el que se dirige emitiendo aquellos ladridos terroríficos asume también su papel. Sale corriendo despavorido -haciendo fu- con el rabo en alto, tropezándose varias veces con la valla antes de dar con el mismo agujero por el que entró. Mafalda, satisfecha, vuelve pavoneándose a su apostadero, junto a la puerta del patio, en el trocillo de baldosas que el sol mantiene caliente, hasta que al poco rato, la historia vuelve a repetirse. Mafalda debe estar convencida de que es un perro guardián de primera clase.



VII






El jefe está convencido de que soy una gandula porque paso muchas horas sesteando en mi cómodo almohadoncito, junto a la covachuela donde se guarda la leña para la chimenea. El jefe es persona bienintencionada, pero tiene poca imaginación. No sabe que los pequeños somos estructuras delicadas que estamos obligados a dosificar la energía. Mi corazón es casi tan chico como el de una paloma, late muy deprisa y resulta inútil fatigarlo de forma innecesaria. Cuando no hay nada urgente que hacer, lo lógico es echarse una siestecita en un lugar cómodo, a salvo de miradas importunas.
Los grandes piensan que en el tamaño diminuto reside mi encanto. Las señoras se detienen a nuestro paso como si hubieran visto una vaca con tres cabezas o un cerdo con la cola en la frente: "mira que rica, tan pequeñita, parece de juguete", dicen. Y la Mami se esponja. Yo pongo cara de circunstancias y miro al infinito, como si la cosa no fuera conmigo. Esto de ser pequeña tiene sus ventajas; por lo menos a la gente le hace gracia.
Cuando volvemos del paseo, a media mañana, me tumbo junto a la puerta del patio, en el rincón embaldosado que el tímido sol de invierno calienta. Allí me estiro, bostezo y sueño que soy un Husky siberiano de ojos azules y piel sedosa que abriga como la de un oso polar. Mi verdadera vocación ha sido siempre la de tirar de un trineo sobre el hielo, pero ya ven donde me he quedado. Cosas de la vida. El jefe sigue con devoción los documentales de Pirena y yo, cuando lo veo abstraído ante la tele, camino poco a poco para que el cascabel no me delate, hasta que me sitúo a su lado y no me pierdo detalle de la carrera.
Sueño que en la próxima reencarnación...


VIII







No sé cómo se le ocurriría lo de Mafalda ni de dónde sacó el nombre. Decía que, de pequeña, le recordaba al personaje de Quino cuando ponía cara de enfurruñada, pero sospecho que eso no es del todo cierto. Mafalda es un dibujo y yo soy un perro, pequeña, pero perro. Poca semejanza podemos tener; ya he dicho en alguna ocasión que el jefe es persona de poca imaginación. El caso es que con Mafalda me quedé. Años más tarde, cuando tuve edad para navegar en internet, averigüé que Mafalda es un nombre con importantes reminiscencias. Fue el de una princesa, hija del rey de Italia Vittorio Emanuel III, tan hermosa como desdichada, que murió en un campo de concentración alemán donde la venganza de Hitler contra su padre la había conducido. También fue el nombre de un trasatlántico, al que habían puesto el nombre en homenaje a la princesa. El barco tuvo un final tan trágico como el de ella: en octubre de 1927 se hundió en las costas de Brasil con una enorme carga de emigrantes que viajaban hacinados en sus bodegas. El mal estado del buque debido a la avaricia de los armadores que habían descuidado su mantenimiento, hizo que estallaran las calderas y se partieran las hélices perforando el casco. No habían botes salvavidas o estaban en mal estado. Algo parecido a lo del Titanic. El Duce tuvo mucho empeño en que no se conocieran las cifras de los muertos o desaparecidos en un mar infestado de tiburones, pero según parece, oscilaron entre 400 y 650 personas. La desgracia se silenció por completo.
Quizás el jefe pensaba en esas otras Mafaldas cuando me bautizó ¡A saber!




IX






A Mafalda no le gusta quedarse sola cuando Mami y yo nos vamos a trabajar. Algunos días aúlla con tristeza durante largo rato, nos dijeron los vecinos. Pensamos  entonces en comprarle un osito de peluche para que le hiciera compañía, o un perrito de trapo, de esos que si le aprietas la barriga emiten un aullido lastimero, pero acabamos comprándole un gallo. A lo mejor un bicho de una especie diferente a la suya podía resultarle más divertido, dijo Mami. Estuvimos a punto de comprarle un gallo en Portugal, que es donde los gallos hacen milagros después de cocinados, pero al final le compramos un gallo francés; un gallo que estaba esperándonos en un mercadillo dominical en la zona de La Camarga, abundosa en caballos, el verano que fuimos de vacaciones por allí. El gallo se llamaba Co-cot, dijo la señora que nos lo vendió aprovechando que era el santo de Mami y ese día yo tenía las defensas económicas un poco bajas.
Cuando volvimos del viaje, Mafalda nos hizo todas las fiestas que sabía, y como había previsto Mami, enseguida hizo amistad con el gallo. En cuanto advirtió que no iba a ser competencia para ella.
La verdad es Co-cot es un gallo muy prudente. 


X





Y bueno, aquí se acaba la historia.

Os contaré como fue. El jefe llevaba una caja de cartón bajo el brazo y una picaza en la otra mano. Dentro de aquella caja que había contenido seis blíster de leche desnatada iba yo, o lo que quedaba de mí. Un cuerpecillo menudo y chorreante -la Mami me había lavado la herida bajo el grifo y había acabado por empaparme entera.
El jefe tiene pocas ideas y cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no escucha a nadie; ya había decidido donde había de depositarme y no se paró a oír ninguna otra opinión. Cuando llegaron al final del bancal de los olivos, justo en la esquina donde empieza el monte lleno de retamas, cavó un hoyo entre las riscas. La Mami, con prisas, decía "ya vale", pero él seguía cavando hasta que el agujero le pareció bastante profundo. Luego echó dentro la caja, tapó el hoyo y colocó encima una buena porción de piedras planas de las que allí abundan. “Para que no la desentierren los perros”, dijo. En medio puso una alargada, vertical, sobresaliendo a modo de túmulo funerario. Nunca pensé que yo pudiera tener un último lugar de reposo tan aparente. Me sentí orgullosa del jefe y de Mami cuando se fueron cabizbajos, dejándome allí para siempre.

El asunto había empezado mal, como empiezan todos los accidentes, de forma estúpida, y eso que el día prometía, como todos los que transcurren en aquel cortijo. Son gentes acogedoras los que reciben al jefe y a Mami, deben ser de su tribu. Allí siempre hay comida en abundancia, como si todos los días fueran día de matanza. Los grandes hablan fuerte y se dan palmadas en la espalda cuando se encuentran, como si no se hubieran visto hace años. Luego se sientan, comen hasta hartarse y dan grandes risotadas. Yo me encuentro bien entre ellos, debajo de la mesa paso inadvertida y voy de uno a otro haciendo gracias, les golpeo con la pata pidiendo una piltrafilla que acaban dándome. Me lo pasó pipa en el cortijo.
El peligro está fuera, Ramón tiene perros, unas veces más fieros, otras menos, Ramón cambia de perros con frecuencia, y los pequeños somos frágiles como pollitos recién  nacidos. Debemos ser cautos, porque el mordisco de alguna de aquellas fieras puede ser muy peligroso. Ramón los suele tener atados, pero les da suelta de noche, así que por las mañanas, cuando el jefe me saca para que no me mee dentro de casa, tengo que andar con cien ojos por si aquella fieras rondan todavía por la era.
La jodimos, esa mañana me descuidé. La era estaba desierta cuando me aponé, cerca de la casa, para aliviar la vejiga llena de toda la noche. En ello estaba cuando aparecieron las dos bordes aquellas. En puridad puede decirse que me pillaron meando. Una era pelirroja y grande, de pelo lacio y largo, raza indefinida y mala leche. La otra negra, más menuda, una especie de perro de caza abandonada seguramente después de una partida sin éxito, que se había refugiado en el cortijo. Las dos corrían desaforadas hacia mí con unas ansias homicidas, fruto seguramente de largas temporadas de cadena y privaciones. Me sorprendieron inmovilizada por el terror.                                              
Me cogieron una por la cabeza y otra por las patas y me abrieron en canal. Allí se acabó Mafalda.
Cuando el jefe y Mami volvieron al cortijo para decirle  a la familia donde me habían enterrado, alguien dijo: "le llevaremos flores".

Que disparate, pensé yo, como si un perro fuera un ser humano.





jueves, 6 de febrero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (y V)


Desertización
PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

Uno de los problemas medioambientales más importantes con que se enfrenta la humanidad es el de la desertización, ya iniciada antes de que el hombre se instalara sobre la Tierra. Recuérdese que algunos desiertos como el del Sahara estuvieron en su tiempo cubiertos por las aguas y más tarde se convirtieron en paraísos vegetales antes de llegar a su estado actual. La desertización “artificial” que nos rodea a pasos agigantados está causada por el aniquilamiento de la vegetación debida a la tala y quema de arboles, el pastoreo excesivo, la erosión a causa del agua y el viento resultado de la mala política agraria, la salinización y encharcamiento de los campos de regadío y la compactación del suelo (debido al ganado, al trabajo de los tractores, a la desecación y al impacto de la lluvia sobre la superficie desnuda de la tierra entre otros muchos factores coadyudantes). Su estado terminal se reconoce fácilmente: un erial, prácticamente desprovisto de vegetación. Un ecosistema que apenas puede prestar servicio alguno a la humanidad.
Lo grave de la desertización es que, en sus primeras etapas puede pasar inadvertida. Es un proceso lento y gradual difícil de apreciar durante la vida de una persona. Hacia el año 2.000, cerca de 18.000 km², gravemente desertizados han perdido más de la mitad de su productividad. Más de 32.000 km² han dejado de ser productivos por completo. Las zonas más afectadas son los márgenes del Sahara, el este u el sur de África, gran parte del sur y centro de Asia, Australia, la región oeste de EEUU y la parte meridional de Sudamérica. Aproximadamente 230 millones de personas, casi todas en los países pobres, se hallan directamente afectadas por este fenómeno.
Un ejemplo  del efecto perverso del uso de técnicas modernas para paliar los efectos de la desertificación y sus consecuencias, es la construcción de pozos artesianos en el Sahel Africano (El Sahel es una franja de clima semiárido, con precipitaciones anuales que oscilan entre los 200 mm. del norte y los 600 del sur, que recorre el continente africano de este a oeste, desde el sur del Sahara hasta el norte de las sabanas de África central. Abarca, total o parcialmente Mauritania, Senegal, Malí, Argelia, Guinea, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Camerún, Chad, Sudán y Eritrea).
Según parece, existen grandes bolsas de agua en algunos puntos del desierto pero son restos de épocas pretéritas que han permanecido inmutables durante muchos siglos y no tienen visos de que puedan volver a realimentarse con el nivel pluviométrico actual. La construcción de pozos en unos acuíferos que, en el mejor de los casos, tardarán muchos años en volverse a llenar trajo como consecuencia inmediata la superpoblación de rebaños en proporción superior a la capacidad de carga de la zona. El ganado, según se trate de camellos, asnos, vacas u ovejas, se desplaza con una periodicidad entre uno y cinco días, siempre por rutas fijas, las más próximas a los lugares de pastoreo. Esto hace que sus continuos tránsitos destruyan la vegetación y compacten el suelo. Los animales se concentran alrededor de los pozos esperando ansiosamente su turno para beber y acaban con cualquier rastro de hierba en los alrededores, compactando la tierra en un amplio espacio, cada vez mayor a medida que la vegetación retrocede. Las deposiciones del ganado durante largas horas de espera, contribuyen en una medida importante a agravar el problema. Los excrementos se secan rápidamente al sol, calentándose y provocando la destrucción de los hongos y bacterias que sirven para acelerar su descomposición y proveer a la tierra de nutrientes. Los excrementos secos forman un “pavimento fecal” que impide que vuelva a crecer la hierba. Por si fuera poco, en época de lluvias estos excrementos contribuirán a contaminar los acuíferos, provocando infecciones y trasmitiendo enfermedades. Es un círculo vicioso que se ha querido paliar construyendo más pozos, pero esto no hace sino multiplicar el problema, porque a cada nuevo alumbramiento el problema se inicia de nuevo.

El panorama, visto desde un aspecto global, es poco esperanzador. Las medidas a largo plazo son difíciles de tomar, dada la escasa proyección que los humanos tienen como consecuencia de lo breve de su vida en relación con los fenómenos que se desarrollan en tiempos mucho más extensos. Queda la esperanza –exigua- de que los movimientos sociales tengan capacidad suficiente para concienciar al resto de la sociedad de la necesidad imperiosa de cuidar un entorno. De lo contrario será la tumba de la humanidad de la misma forma que fue su cuna.


miércoles, 5 de febrero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (IV)


Cambiando el clima

PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

La población humana se beneficia de ciertos recursos suministrados de forma natural por los ecosistemas naturales de la Tierra: dosifican la mezcla de gases en la atmósfera, suministran agua potable, controlan las inundaciones, proporcionan alimentos marinos y productos forestales, crean suelo fértil, reciclan nutrientes esenciales, polinizan las cosechas y controlan a la mayoría de plagas que las atacan. Si estos ecosistemas dejaran de funcionar, la economía humana se hundiría y nuestra especie sufriría una catástrofe sin precedentes.
El planeta nos resulta habitable debido a que en la atmósfera se encuentran presentes unas minúsculas partículas  de gases llamados “de invernadero” que retienen el calor cerca de la superficie. Los más conocidos son el vapor de agua y el dióxido de carbono (CO2), pero existen más de veinte (metano (CH4), óxido nitroso, ozono, dióxido de carbono, vapor de agua, clorofluorocarburados, etc.). Si la cantidad de esos gases fuera insuficiente, la Tierra sería una esfera helada semejante a Marte. Si la cantidad fuera excesiva, la Tierra, igual que Venus, estaría demasiado caliente para que hubiera vida en ella. En suma, nos beneficiamos del nivel justo del “efecto invernadero”, pero a medida que se talan y queman los bosques se añade CO2 a la atmósfera, a menos que ese bosque se replante para que pueda seguir atrapando el CO2 del aire. El CO2 liberado a la atmósfera, junto con las emanaciones de otros gases de efecto invernadero, van calentando gradualmente el planeta elevando la temperatura del sistema atmosférico.
¿Qué efecto produce esto?: El calentamiento, a corto plazo, incide de una forma directa en el desplazamiento de granes masas de calor de las regiones ecuatoriales a los polos, con la aparición de temibles huracanes que lo devastan todo a su paso, aunque siempre nos quedará la duda de si las sequías y los huracanes son exclusivamente el resultado de la acumulación de gases de efecto invernadero. En cualquier caso, sí estamos seguros de que la acción humana contribuye de forma determinante al cambio climático y al deterioro de las condiciones ambientales. Véase el efecto nocivo de la polución creada por los automóviles en las grandes ciudades, por no hablar de otros agentes cuya contaminación es mucho más importante: Trasporte pesado, aviones, grandes trasatlánticos, etc.
El futuro se presenta aún más tenebroso a medida que los países pobres vayan incorporándose (con todo derecho) a los niveles de bienestar de los ricos, lo que implica un mayor consumo energético y el aumento de las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Otro efecto demoledor del impacto humano sobre el clima es la aparición de la lluvia ácida. La pérdida de vida en los lagos, ríos y bosques tiene sus orígenes en los óxidos de azufre y nitrógeno que emanan de las chimeneas de los complejos industriales y domésticos, así como de los tubos de escape de los automóviles.
La ecuación I=PRT, donde I es el impacto producido sobre el medio, P la población, R la riqueza y T la tecnología, da una idea de en qué medida cada uno de estos factores, en medida muy diferente según el país de que se trate, tienen una influencia mayor o menor en el impacto final sobre el ecosistema. Así, en los países con alta tasa de industrialización y elevado número de automóviles por cabeza, los factores R y T tendrían gran importancia, mientras que el África, el impacto sería debido sobre todo al factor demográfico.
Todo ello tiene como consecuencia final la disminución de la capa de ozono, presente en las capas altas de la atmosfera, que protege a las plantas, animales y personas de la nociva radiación ultravioleta causante del cáncer de piel en los humanos, además de afectar el ADN y los sistemas inmunitarios, inhibir la fotosíntesis y dañar las poblaciones de algas que habitan en aguas superficiales con desastrosos efectos sobre la pesca.
Los mayores agresores de la capa de ozono son los clorofluorocarbonos (CFC) empleados como refrigerantes, agentes espumantes de los plásticos y propulsores de los aerosoles, prohibidos por fortuna en muchos países, pero que aún siguen contaminando al planeta desde muchos otros. Y dado el sistema global hacia el que la humanidad camina de forma irremisible, un aerosol que se dispara en Malasia, contribuye a potenciar el cáncer de piel que puede aparecer sobre la piel de un turista que se tuesta al sol apacible (e imprudentemente) en Mónaco.


miércoles, 8 de enero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (III)




La distribución de la riqueza
PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

Hay quien opina que son catastrofistas los mensajes anunciado que somos demasiados, que Malthus era un visionario hoy periclitado y que la producción de alimentos, ahora y en el futuro será capaz de crecer al mismo ritmo que la humanidad. Puede que tengan razón. Lo que sabemos a ciencia cierta es que el pastel que nos ha tocado, está repartido de forma muy diferente, y en eso sí que no nos hemos alejado en absoluto de las leyes que rigen en la naturaleza: En cualquier grupo animal, primero comen los fuertes y luego (o nunca) los demás. El hombre pretende (de boquilla) haber sustituido los comportamientos animales por sus razonamientos éticos. No sé si creérmelo del todo.
Las naciones ricas han ideado un sistema económico que se basa en ir consumiendo el patrimonio de la humanidad, al cual no todos los países tienen igual acceso. Debido a la injusta distribución actual de los alimentos, 1.000 millones de personas (en números redondos) que habitan en los países ricos, consiguen alimentarse más que sobradamente; otros 3.000 millones comen lo suficiente, aunque con una dieta escasa que comprende pocas proteínas animales; más de 1.000 millones de personas que viven en la más absoluta pobreza, en su mayoría habitantes de los países pobres, padecen hambre durante toda su vida. Unos 400 millones se hallan en tal estado de desnutrición que su salud está amenazada y su desarrollo físico gravemente perjudicado.
La humanidad se ha apropiado para su uso de la mayoría de las tierras del planeta: un 11% del suelo se utiliza para sembrar cosechas; aproximadamente un 2% está asfaltado o cubierto por ciudades y poblaciones; una cuarta parte sirve de pasto para el ganado y más del 30% de las regiones arboladas  son explotadas o han sido transformadas en granjas forestales. Casi la totalidad del tercio restante de la superficie terrestre se halla en las regiones árticas o en  el desierto, o es demasiado montañoso e inhóspito para resultar de utilidad.
La situación nutricional de África es la peor del planeta, pero todos los pueblos pobres saben perfectamente que los ricos tienen la capacidad de contemplar sus sufrimientos sin pestañear. Hay gente que pasa hambre en todos los países pobres del mundo (Tayikistan, Surynam, Guatemala, Haiti, Moldova, Franja de Gaza, Afganistan, Pakistan, algunas zonas de la India, Perú, etc), pero África es el único continente donde se han producido masivas y recurrentes hambrunas desde hace más de cincuenta años. De los seis millones de niños que, según la FAO, mueren anualmente de hambre en el mundo, las ¾ partes son africanos. Se calcula que, en la actualidad, más de 12 millones de personas corren un serio peligro de morir en Kenia, Somalia, Etiopía y Costa de Marfil. Los ciudadanos de los países ricos se enteran de las hambres que se registran periódicamente en África a través de los programas de televisión que muestran niños muriendo de inanición en los campos de refugiados. Estos programas suelen provocar grandes muestras de solidaridad y envío de alimentos fomentado por la colaboración de personajes famosos y grupos de música rock. Por desgracia, la grave situación que muestran las imágenes es solo la punta del iceberg de una tragedia que abarca gran parte del continente: hambre crónica que se extiende y agrava año tras año sin que, por el momento se vislumbre una solución.
La ayuda humanitaria, que por diversas razones no siempre llega ni a tiempo ni a su destino, es una solución momentánea, como cualquier sistema de subsidio. La solución definitiva vendría derivada de un reequilibrio de las condiciones de vida de las gentes y de la racional y moderna explotación de los recursos por las poblaciones a las que pertenecen, una vez alcanzados el grado de conocimientos que les facultasen para ello. Es evidente que esta solución, teóricamente posible, está muy lejos de poder alcanzarse en un plazo de tiempo razonable.
No hay ninguna razón que avale, a corto plazo, un razonable optimismo para la solución del problema del hambre en el continente africano. Seguirán muriendo millones de personas cada año y que sean más o menos, dependerá únicamente de los caprichos de la naturaleza.



viernes, 3 de enero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (II)


El crecimiento demográfico.
PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

El crecimiento demográfico imparable al que está sujeta la humanidad desde su aparición sobre La Tierra, no es malo en sí mismo. El problema es que constituye un conjunto que tiende a infinito albergado en un espacio finito. En segundo lugar, tiene unas necesidades crecientes mientras que los recursos sobre los que debe sustentarse son limitados. Utilizando un símil económico, imaginemos dos hermanos que reciben la misma parte de una herencia. El mayor piensa: “tengo ciertas necesidades y debo atenderlas”. Como para cubrirlas no le bastan las rentas del capital, consume poco a poco éste hasta quedar en la indigencia. El otro hermano razona de forma diferente: “Dispongo de estos recursos (las rentas del capital) luego debo reducir mis necesidades a ellos”. No toca el capital, vive con arreglo a lo que le permiten sus rentas y traspasa el capital a sus descendientes.
Algo parecido ha pasado con la humanidad, que parece no haberse percatado de que el mayor tesoro que ha recibido de forma graciosa consiste en los millones de organismos –plantas, animales y microbios- con los cuales comparte el planeta y que debe conservar cuidadosamente por su propio interés. Esos otros seres vivos nos proporcionan los alimentos; maderas, fibra y pieles, medicinas, aceites, jabones, resinas, caucho y otros innumerables artículos. Hemos domesticado a muchos de esos organismos y, en ocasiones hemos logrado perfeccionarlos mediante una crianza selectiva, siempre buscando nuestro beneficio. Hemos invertido, pero consumiendo nuestro patrimonio. Cada vez queda menos petróleo, menos madera, menos gas natural, menos peces, etc. La sobreexplotación de dos recursos renovables esenciales, la capa superficial del suelo y las aguas subterráneas, se debe a nuestros esfuerzos por potenciar la producción agrícola a corto plazo para alimentar a un número de personas cada vez mayor. Esta abusiva explotación obedece a la miope política basada en que disponemos de una cantidad ilimitada de recursos, lo que es rigurosamente falso. En China, el consumo de agua potable per cápita es la quinta parte que en EEUU, pero aumenta sin cesar. Puede que dentro de pocos años, la escasez de agua constituya un problema parecido al del petróleo en la actualidad. A medida que la humanidad destruye la biodiversidad de los bosques tropicales y otros lugares, disminuye la reserva de variedad genética necesaria para la agricultura de alto rendimiento.
Cuando éramos pocos, parecía que los recursos eran infinitos, como los del enorme bosque de Serwood donde, según la leyenda, Robín Hood se ponía a resguardo del malvado sheriff de Nottingham con unos pocos cazadores y proscritos. Pero el bosque ha ido llenándose de gente y hora en vez de caza y centenarios arboles entre cuyas ramas ocultarnos, hay desperdicios por todas partes. Gestionar las basuras, llevárselas lejos, si es posible al país de al lado, se ha convertido en el auténtico problema. Hemos destruido una buena parte del bosque para construir cabañas y hacer fuego. Ahora ya no tenemos sombra, hemos de seguir cortando árboles para construir toldos y el calor aprieta cada vez más. Es la pescadilla que se muerde la cola; y la calidad de vida, ese gran tótem al que lo sacrificamos todo, se vuelve, paradójicamente, cada vez más precaria. Es imprescindible adaptar el número de seres humanos y su comportamiento con respecto al medio, a los límites impuestos por la naturaleza.
El gran problema a resolver y al que nadie, en ningún sitio, quiere enfrentarse es que el modelo económico está basado en el crecimiento ilimitado: para que las sociedades modernas funcionen es preciso que el consumo crezca de forma permanente. Si se consumen cada vez más productos -a menudo totalmente innecesarios-, la rueda de la producción sigue funcionando, se genera empleo, la gente supone que es más feliz, el dinero fluye, etc., pero esto constituye un sistema piramidal que tiene que colapsarse forzosamente alguna vez. El asunto es que todos pensamos que será dentro de tantos años que no nos afectará. Puede que sea cierto pero es seguro que afectará a nuestras descendientes y quizás dentro de no muchas generaciones.

lunes, 30 de diciembre de 2019

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (I)


PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

Afirman los historiadores que el Homo Sapiens-Sapiens, la especie a la que pertenecemos todos los seres humanos que poblamos la tierra en la actualidad apareció en África, probablemente en Tanzania, hace ya unos cuantos años (alrededor de 300.000, más o menos) y que desde allí se extendió por todo el mundo. Al principio eran hordas de entre 20 y 50 individuos que se fueron multiplicando, escindiéndose en otros grupos…. Y así se fue complicando la cosa hasta alcanzar la friolera de los 7.000 millones, chino arriba chino abajo, que en la actualidad poblamos el planeta.
La humanidad crece con arreglo a la ley de las progresiones geométricas que pueden empezar muy lentamente pero, llegado un momento, crecen a una velocidad impresionante (recuérdese la leyenda del tablero de ajedrez: un solo grano por el primer cuadro, que se va doblando a cada uno de ellos, arroja pronto una cantidad inconmensurable). A partir del hallazgo de la agricultura, hace unos diez mil años en números redondos, la humanidad se ha multiplicado algo más de 100 veces, duplicando su tamaño aproximadamente cada 1.500 años. Hacia 1650 se habían alcanzado los 500 millones de habitantes, a pesar de las terribles epidemias de la Edad Media. A partir de ese momento, el dominio del género humano sobre el planeta se hizo más evidente: el Nuevo Mundo había sido descubierto por unos europeos más numerosos y dotados de mejores técnicas agrícolas y guerreras que exterminaron en poco tiempo a las sociedades indígenas, igual que unos miles de años antes sus antepasados habían hecho desaparecer a los Neandertales. Hacia finales de la Edad Media desaparecieron los bosques europeos (la famosa ardilla que cruzaba la Península desde Tarifa a los Pirineos, de rama en rama, tuvo que hacerse pedestre), se descubrieron la turba y el carbón, apareció la máquina de vapor y el agua se aprovechó como fuente de energía, perfeccionando los artilugios que los árabes había expandido por el mundo: el escenario de la Revolución Industrial tenía las bambalinas encendidas.
Hacia el año 1800 la población mundial había llegado a los 1.000 millones de habitantes tras haberse doblado de nuevo en menos de doscientos años. Las mejores condiciones de vida, alimentación, sanidad, etc. produjeron un descenso en la mortalidad que condujo a un nuevo doblamiento de la humanidad en 1930, alcanzando los 2.000 millones de personas.
A partir de aquí se invirtió la tendencia y la tasa de natalidad comenzó a descender paulatinamente. Las parejas descubrieron que su progenie tenía más posibilidades de sobrevivir y ya no hacía falta tener muchos hijos para que quedaran los suficientes para alivio de la vejez. Otros factores también ayudaron: la aparición de los movimientos feministas, la incorporación de la mujer al trabajo, la eclosión de mejores métodos anticonceptivos, etc. A todo esto se sumó, a partir de los años 60 un espectacular descenso de la mortalidad en los países menos desarrollados de Asia, África y Latinoamérica, propiciado por la amplia difusión de los antibióticos y de los pesticidas sintéticos contra los mosquitos causantes de la malaria. El crecimiento demográfico alcanzó sus cotas más altas en esa época, con un promedio de un 2,1 anual. La humanidad crecía a toda velocidad.
En la actualidad, a pesar de que en algunos países las tasas de natalidad han descendido notablemente y de las recurrentes hambrunas, desastres, guerras, accidentes nucleares y otros disparates que la humanidad provoca y sufre, la tasa media de crecimiento se sitúa alrededor del 1,14%. Es decir, seguimos creciendo a buen ritmo.
Este breve vistazo sobre el desarrollo de la humanidad desde sus principios tiene cierto interés, considerando que se produce en un espacio limitado, que parecía infinito cuando el Hombre apareció sobre la tierra, pero que se va haciendo más pequeño a medida que el grupo humano crece, de la misma forma que el número los primeros granos de trigo en los cuadros del tablero de ajedrez apenas tenían importancia, pero mediado el tablero, las cantidades daban escalofríos (si no, hagan la prueba: 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1024, 2048, 4096, 8192, 16384, 32768 …sigan, sigan).
De cómo este crecimiento repercute en el impacto de nuestra especie sobre La Tierra y sus recursos, seguiremos reflexionando en próximas entregas.



domingo, 27 de enero de 2019

RELEYENDO EL QUIJOTE (V)


CON LOS DUQUES
 Desde hace tantos años que lo hemos olvidado, nos movemos entre tres generaciones: la anterior, la nuestra y la siguiente, lo demás es historia. Probad a reconstruir algo de los personajes más allá de vuestros abuelos si me creéis exagerado. Comprobareis, quizás con sorpresa, que hasta los apellidos o circunstancias vitales de esos antepasados se nos pierden en una niebla a menudo irrecuperable. El resto cae en el dominio de la historia y ese es un terreno resbaladizo que cada uno compone a su antojo, elaborada por los que tienen tiempo para ello, que suelen ser los más favorecidos por la vida. La memoria tiene poco recorrido.
Si representamos la historia de la humanidad en un eje de abscisas y ordenadas, encontraríamos una línea que al principio progresa muy lentamente para adquirir, a medida que avanzamos en ella, una aceleración creciente. El primer “eslabón” que nos separa netamente de nuestros parientes monos está situado, por el momento, hace unos  7 millones de años. Poco a poco la maquinaria de la evolución humana se pone en marcha, al principio de forma renqueante, hasta ir cogiendo velocidad. En nuestros días las cosas suceden cada vez más rápidas. Tanto los fenómenos culturales como el conocimiento en general avanza a velocidad de vértigo, también las diferencias sociales y las de los ricos con los pobres, sean del mismo país o de países diferentes. El abanico de la igualdad social se va abriendo a pesar de nuestra ilusoria ansiedad de que se cerrara. Las normas (sean o no legales), las costumbres, las relaciones sociales están sujetas también a esa ley inexorable. Lo que valía hace unos años ha quedado obsoleto en poco tiempo. Basta observar las normas sociales y de conducta. Ya no resulta necesaria aquella “buena educación” que considerábamos fundamental para la convivencia hace unos años. Se trata ahora de innovar, establecer normas sin norma que respeten la creatividad o la inventiva de cada individuo de manera que este no se sienta constreñido por reglas que establecieron, sin su consentimiento, quienes lo antecedieron.
Quizás por eso, para los que nacimos y nos desarrollamos en épocas anteriores, resulta refrescante el reencuentro con viejas páginas (obsoletas o eternas, depende de la visión de cada uno), en las que se nos proponían unas normas de convivencia que se nos antojaban útiles y provechosas.
En la segunda parte del Quijote, ya hacia el final, se narra el encuentro del caballero con unos duques con mucha necesidad de embromar a cualquiera que se les acerque para aliviar la monotonía de su existencia campesina y vacua. Hay un par de capítulos dedicados a la recopilación de esas normas que citábamos antes, en los que conviene detenerse.
Sancho, sumergido en la broma de los duques que raya en la crueldad, es nombrado gobernador de una ínsula, la que su señor natural y amo le viene prometiendo desde que iniciaron su andadura. Solo que esta se encuentra en tierra: un lugar de hasta mil vecinos que era de los mejores que el duque tenía.
Don quijote se siente obligado a proporcionar a Sancho algunos consejos y preceptos para el buen desenvolvimiento de su misión, de cuyo éxito jamás duda. El autor los divide en dos partes, a cada una de las cuales dedica un capítulo (XLII y XLIII respectivamente). Primero a las cosas del espíritu:
Has de temer a dios
Haz gala de la humildad de tu linaje
Préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio
La sangre se hereda y la virtud se aquista
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dadiva, sino con el de la misericordia.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena
Etc.
Y luego a las cosas del cuerpo:
No andes desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado.
No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.
Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala.
Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.
Etc.
Dudo que estos consejos (y el numeroso resto que he omitido), tan elementales y de uso universal a primera vista, pudieran ser de aplicación en nuestros días.
Al mismo Sancho, parecen hacérsele cuesta arriba:
—Señor –respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué me han de servir, si de ninguna me acuerdo?




miércoles, 16 de enero de 2019

RELEYENDO EL QUIJOTE (IV).


Hinchar el perro

Me contaba un amigo periodista la dificultad, que solo el buen oficio soslaya, de encerrar en un marco determinado y necesariamente breve, el mensaje que se quiere transmitir. “A los mejores periodistas –me decía-, se les encargan siempre los artículos más cortos. Son los únicos capaces de encerrar en un breve texto lo que otros necesitan páginas para explicar”. 
Escribir es cosa fácil y hacerlo en extenso, con frecuencia liberador y terapéutico. Hacerlo bien, es cosa que se encuentra al alcance de muy pocos. Basta visitar cualquier librería para apreciar la cantidad de volúmenes que surgen como hongos en época invernal. Cuantos sean interesantes, instructivos o simplemente divertidos, es más difícil de apreciar. Comprar un libro de autor desconocido implica considerables riesgos y onerosos dispendios, han alcanzado precios que se dejan sentir demasiadamente en esta época de crisis. Por fortuna, el afán de escribir se sigue extendiendo en nuestros días, lo que por un simple cálculo estadístico, supone que la posibilidad de que afloren buenos escritores es esperanzadora.
El negocio de la editoriales ha trasmutado los conceptos de rigor y categoría literarios entremezclándolos con el puro negocio de las ventas, lo que permite asistir al bochornoso espectáculo de que novelas mediocres obtengan éxitos de ventas millonarios mientras que otros libros de extraordinaria calidad solo conocen una o dos discretas ediciones y, pasado poco tiempo, resultan difíciles de encontrar . De la poesía u otros géneros de consumo minoritario, no hablemos. Se ha puesto de moda la novela negra y a ella acuden en tropel multitud de jóvenes escritores sin decantar, con mínimas herramientas adquiridas a trompicones, muchas truculencias y lenguaje patibulario pensando que sean estas herramientas bastantes para alcanzar fama y fortuna. Por suerte entre tanta ramplonería surge de tarde en tarde, alguna perla cuyo brillo acaba convirtiéndose en permanente.
Volviendo a mi amigo el periodista, “escribir bien no es escribir mucho”, añadía. Recuerden la anécdota del inefable don Miguel (sobre cuya categoría literaria hay pocas dudas) en el prólogo de la segunda parte del Quijote, refiriéndose al apócrifo que se había apropiado de la primera del suyo hinchándola a modo:

Había en Sevilla un loco que dio con el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo, y fue que hizo un cañuto de caña, puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: “¿Pensaran vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?”.
¿Pensara vuesa merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Dª. Emilia Pardo Bazán, explicando la diferencia entre la novela y el cuento, aconsejaba no alargar innecesariamente este último pretendiendo transformarlo en una novela corta. Son géneros diferentes que tienen espacios y estructuras distintos. “Noto especial analogía entre la concepción del cuento y la de la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo y muy intensas”, escribía. Algunos cuentos de Maupassant (Bola de sebo, La casa Tellier), de Chejov (Los Campesinos), de Katherine Mansfield (En la Bahía), o Miguel Espinosa, por citar algún autor más próximo (Clavero y Pili), desbordan los límites normalmente asignables al cuento.
En tiempos más modernos, triunfa el micro relato, una especie de aldabonazo de pocos caracteres capaz de causar un impacto repentino y brutal como un chiste o una mala noticia, que se recuerdan en un solo bloque, sin fisuras.
Con un micro relato, sí que es imposible “hinchar el perro”; perdería por completo su frescura impactante. Quede la práctica del perro para los que somos menos ingeniosos y tomamos pocas lecciones de mi amigo el periodista.