miércoles, 8 de enero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (III)




La distribución de la riqueza
PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

Hay quien opina que son catastrofistas los mensajes anunciado que somos demasiados, que Malthus era un visionario hoy periclitado y que la producción de alimentos, ahora y en el futuro será capaz de crecer al mismo ritmo que la humanidad. Puede que tengan razón. Lo que sabemos a ciencia cierta es que el pastel que nos ha tocado, está repartido de forma muy diferente, y en eso sí que no nos hemos alejado en absoluto de las leyes que rigen en la naturaleza: En cualquier grupo animal, primero comen los fuertes y luego (o nunca) los demás. El hombre pretende (de boquilla) haber sustituido los comportamientos animales por sus razonamientos éticos. No sé si creérmelo del todo.
Las naciones ricas han ideado un sistema económico que se basa en ir consumiendo el patrimonio de la humanidad, al cual no todos los países tienen igual acceso. Debido a la injusta distribución actual de los alimentos, 1.000 millones de personas (en números redondos) que habitan en los países ricos, consiguen alimentarse más que sobradamente; otros 3.000 millones comen lo suficiente, aunque con una dieta escasa que comprende pocas proteínas animales; más de 1.000 millones de personas que viven en la más absoluta pobreza, en su mayoría habitantes de los países pobres, padecen hambre durante toda su vida. Unos 400 millones se hallan en tal estado de desnutrición que su salud está amenazada y su desarrollo físico gravemente perjudicado.
La humanidad se ha apropiado para su uso de la mayoría de las tierras del planeta: un 11% del suelo se utiliza para sembrar cosechas; aproximadamente un 2% está asfaltado o cubierto por ciudades y poblaciones; una cuarta parte sirve de pasto para el ganado y más del 30% de las regiones arboladas  son explotadas o han sido transformadas en granjas forestales. Casi la totalidad del tercio restante de la superficie terrestre se halla en las regiones árticas o en  el desierto, o es demasiado montañoso e inhóspito para resultar de utilidad.
La situación nutricional de África es la peor del planeta, pero todos los pueblos pobres saben perfectamente que los ricos tienen la capacidad de contemplar sus sufrimientos sin pestañear. Hay gente que pasa hambre en todos los países pobres del mundo (Tayikistan, Surynam, Guatemala, Haiti, Moldova, Franja de Gaza, Afganistan, Pakistan, algunas zonas de la India, Perú, etc), pero África es el único continente donde se han producido masivas y recurrentes hambrunas desde hace más de cincuenta años. De los seis millones de niños que, según la FAO, mueren anualmente de hambre en el mundo, las ¾ partes son africanos. Se calcula que, en la actualidad, más de 12 millones de personas corren un serio peligro de morir en Kenia, Somalia, Etiopía y Costa de Marfil. Los ciudadanos de los países ricos se enteran de las hambres que se registran periódicamente en África a través de los programas de televisión que muestran niños muriendo de inanición en los campos de refugiados. Estos programas suelen provocar grandes muestras de solidaridad y envío de alimentos fomentado por la colaboración de personajes famosos y grupos de música rock. Por desgracia, la grave situación que muestran las imágenes es solo la punta del iceberg de una tragedia que abarca gran parte del continente: hambre crónica que se extiende y agrava año tras año sin que, por el momento se vislumbre una solución.
La ayuda humanitaria, que por diversas razones no siempre llega ni a tiempo ni a su destino, es una solución momentánea, como cualquier sistema de subsidio. La solución definitiva vendría derivada de un reequilibrio de las condiciones de vida de las gentes y de la racional y moderna explotación de los recursos por las poblaciones a las que pertenecen, una vez alcanzados el grado de conocimientos que les facultasen para ello. Es evidente que esta solución, teóricamente posible, está muy lejos de poder alcanzarse en un plazo de tiempo razonable.
No hay ninguna razón que avale, a corto plazo, un razonable optimismo para la solución del problema del hambre en el continente africano. Seguirán muriendo millones de personas cada año y que sean más o menos, dependerá únicamente de los caprichos de la naturaleza.



viernes, 3 de enero de 2020

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (II)


El crecimiento demográfico.
PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

El crecimiento demográfico imparable al que está sujeta la humanidad desde su aparición sobre La Tierra, no es malo en sí mismo. El problema es que constituye un conjunto que tiende a infinito albergado en un espacio finito. En segundo lugar, tiene unas necesidades crecientes mientras que los recursos sobre los que debe sustentarse son limitados. Utilizando un símil económico, imaginemos dos hermanos que reciben la misma parte de una herencia. El mayor piensa: “tengo ciertas necesidades y debo atenderlas”. Como para cubrirlas no le bastan las rentas del capital, consume poco a poco éste hasta quedar en la indigencia. El otro hermano razona de forma diferente: “Dispongo de estos recursos (las rentas del capital) luego debo reducir mis necesidades a ellos”. No toca el capital, vive con arreglo a lo que le permiten sus rentas y traspasa el capital a sus descendientes.
Algo parecido ha pasado con la humanidad, que parece no haberse percatado de que el mayor tesoro que ha recibido de forma graciosa consiste en los millones de organismos –plantas, animales y microbios- con los cuales comparte el planeta y que debe conservar cuidadosamente por su propio interés. Esos otros seres vivos nos proporcionan los alimentos; maderas, fibra y pieles, medicinas, aceites, jabones, resinas, caucho y otros innumerables artículos. Hemos domesticado a muchos de esos organismos y, en ocasiones hemos logrado perfeccionarlos mediante una crianza selectiva, siempre buscando nuestro beneficio. Hemos invertido, pero consumiendo nuestro patrimonio. Cada vez queda menos petróleo, menos madera, menos gas natural, menos peces, etc. La sobreexplotación de dos recursos renovables esenciales, la capa superficial del suelo y las aguas subterráneas, se debe a nuestros esfuerzos por potenciar la producción agrícola a corto plazo para alimentar a un número de personas cada vez mayor. Esta abusiva explotación obedece a la miope política basada en que disponemos de una cantidad ilimitada de recursos, lo que es rigurosamente falso. En China, el consumo de agua potable per cápita es la quinta parte que en EEUU, pero aumenta sin cesar. Puede que dentro de pocos años, la escasez de agua constituya un problema parecido al del petróleo en la actualidad. A medida que la humanidad destruye la biodiversidad de los bosques tropicales y otros lugares, disminuye la reserva de variedad genética necesaria para la agricultura de alto rendimiento.
Cuando éramos pocos, parecía que los recursos eran infinitos, como los del enorme bosque de Serwood donde, según la leyenda, Robín Hood se ponía a resguardo del malvado sheriff de Nottingham con unos pocos cazadores y proscritos. Pero el bosque ha ido llenándose de gente y hora en vez de caza y centenarios arboles entre cuyas ramas ocultarnos, hay desperdicios por todas partes. Gestionar las basuras, llevárselas lejos, si es posible al país de al lado, se ha convertido en el auténtico problema. Hemos destruido una buena parte del bosque para construir cabañas y hacer fuego. Ahora ya no tenemos sombra, hemos de seguir cortando árboles para construir toldos y el calor aprieta cada vez más. Es la pescadilla que se muerde la cola; y la calidad de vida, ese gran tótem al que lo sacrificamos todo, se vuelve, paradójicamente, cada vez más precaria. Es imprescindible adaptar el número de seres humanos y su comportamiento con respecto al medio, a los límites impuestos por la naturaleza.
El gran problema a resolver y al que nadie, en ningún sitio, quiere enfrentarse es que el modelo económico está basado en el crecimiento ilimitado: para que las sociedades modernas funcionen es preciso que el consumo crezca de forma permanente. Si se consumen cada vez más productos -a menudo totalmente innecesarios-, la rueda de la producción sigue funcionando, se genera empleo, la gente supone que es más feliz, el dinero fluye, etc., pero esto constituye un sistema piramidal que tiene que colapsarse forzosamente alguna vez. El asunto es que todos pensamos que será dentro de tantos años que no nos afectará. Puede que sea cierto pero es seguro que afectará a nuestras descendientes y quizás dentro de no muchas generaciones.

lunes, 30 de diciembre de 2019

LECTURAS: ¿SOMOS MUCHOS? (I)


PAUL Y ANNE AHRLICH La explosión demográfica, Biblioteca Científica Salvat, Barcelona, 1993.

Afirman los historiadores que el Homo Sapiens-Sapiens, la especie a la que pertenecemos todos los seres humanos que poblamos la tierra en la actualidad apareció en África, probablemente en Tanzania, hace ya unos cuantos años (alrededor de 300.000, más o menos) y que desde allí se extendió por todo el mundo. Al principio eran hordas de entre 20 y 50 individuos que se fueron multiplicando, escindiéndose en otros grupos…. Y así se fue complicando la cosa hasta alcanzar la friolera de los 7.000 millones, chino arriba chino abajo, que en la actualidad poblamos el planeta.
La humanidad crece con arreglo a la ley de las progresiones geométricas que pueden empezar muy lentamente pero, llegado un momento, crecen a una velocidad impresionante (recuérdese la leyenda del tablero de ajedrez: un solo grano por el primer cuadro, que se va doblando a cada uno de ellos, arroja pronto una cantidad inconmensurable). A partir del hallazgo de la agricultura, hace unos diez mil años en números redondos, la humanidad se ha multiplicado algo más de 100 veces, duplicando su tamaño aproximadamente cada 1.500 años. Hacia 1650 se habían alcanzado los 500 millones de habitantes, a pesar de las terribles epidemias de la Edad Media. A partir de ese momento, el dominio del género humano sobre el planeta se hizo más evidente: el Nuevo Mundo había sido descubierto por unos europeos más numerosos y dotados de mejores técnicas agrícolas y guerreras que exterminaron en poco tiempo a las sociedades indígenas, igual que unos miles de años antes sus antepasados habían hecho desaparecer a los Neandertales. Hacia finales de la Edad Media desaparecieron los bosques europeos (la famosa ardilla que cruzaba la Península desde Tarifa a los Pirineos, de rama en rama, tuvo que hacerse pedestre), se descubrieron la turba y el carbón, apareció la máquina de vapor y el agua se aprovechó como fuente de energía, perfeccionando los artilugios que los árabes había expandido por el mundo: el escenario de la Revolución Industrial tenía las bambalinas encendidas.
Hacia el año 1800 la población mundial había llegado a los 1.000 millones de habitantes tras haberse doblado de nuevo en menos de doscientos años. Las mejores condiciones de vida, alimentación, sanidad, etc. produjeron un descenso en la mortalidad que condujo a un nuevo doblamiento de la humanidad en 1930, alcanzando los 2.000 millones de personas.
A partir de aquí se invirtió la tendencia y la tasa de natalidad comenzó a descender paulatinamente. Las parejas descubrieron que su progenie tenía más posibilidades de sobrevivir y ya no hacía falta tener muchos hijos para que quedaran los suficientes para alivio de la vejez. Otros factores también ayudaron: la aparición de los movimientos feministas, la incorporación de la mujer al trabajo, la eclosión de mejores métodos anticonceptivos, etc. A todo esto se sumó, a partir de los años 60 un espectacular descenso de la mortalidad en los países menos desarrollados de Asia, África y Latinoamérica, propiciado por la amplia difusión de los antibióticos y de los pesticidas sintéticos contra los mosquitos causantes de la malaria. El crecimiento demográfico alcanzó sus cotas más altas en esa época, con un promedio de un 2,1 anual. La humanidad crecía a toda velocidad.
En la actualidad, a pesar de que en algunos países las tasas de natalidad han descendido notablemente y de las recurrentes hambrunas, desastres, guerras, accidentes nucleares y otros disparates que la humanidad provoca y sufre, la tasa media de crecimiento se sitúa alrededor del 1,14%. Es decir, seguimos creciendo a buen ritmo.
Este breve vistazo sobre el desarrollo de la humanidad desde sus principios tiene cierto interés, considerando que se produce en un espacio limitado, que parecía infinito cuando el Hombre apareció sobre la tierra, pero que se va haciendo más pequeño a medida que el grupo humano crece, de la misma forma que el número los primeros granos de trigo en los cuadros del tablero de ajedrez apenas tenían importancia, pero mediado el tablero, las cantidades daban escalofríos (si no, hagan la prueba: 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1024, 2048, 4096, 8192, 16384, 32768 …sigan, sigan).
De cómo este crecimiento repercute en el impacto de nuestra especie sobre La Tierra y sus recursos, seguiremos reflexionando en próximas entregas.



domingo, 27 de enero de 2019

RELEYENDO EL QUIJOTE (V)


CON LOS DUQUES
 Desde hace tantos años que lo hemos olvidado, nos movemos entre tres generaciones: la anterior, la nuestra y la siguiente, lo demás es historia. Probad a reconstruir algo de los personajes más allá de vuestros abuelos si me creéis exagerado. Comprobareis, quizás con sorpresa, que hasta los apellidos o circunstancias vitales de esos antepasados se nos pierden en una niebla a menudo irrecuperable. El resto cae en el dominio de la historia y ese es un terreno resbaladizo que cada uno compone a su antojo, elaborada por los que tienen tiempo para ello, que suelen ser los más favorecidos por la vida. La memoria tiene poco recorrido.
Si representamos la historia de la humanidad en un eje de abscisas y ordenadas, encontraríamos una línea que al principio progresa muy lentamente para adquirir, a medida que avanzamos en ella, una aceleración creciente. El primer “eslabón” que nos separa netamente de nuestros parientes monos está situado, por el momento, hace unos  7 millones de años. Poco a poco la maquinaria de la evolución humana se pone en marcha, al principio de forma renqueante, hasta ir cogiendo velocidad. En nuestros días las cosas suceden cada vez más rápidas. Tanto los fenómenos culturales como el conocimiento en general avanza a velocidad de vértigo, también las diferencias sociales y las de los ricos con los pobres, sean del mismo país o de países diferentes. El abanico de la igualdad social se va abriendo a pesar de nuestra ilusoria ansiedad de que se cerrara. Las normas (sean o no legales), las costumbres, las relaciones sociales están sujetas también a esa ley inexorable. Lo que valía hace unos años ha quedado obsoleto en poco tiempo. Basta observar las normas sociales y de conducta. Ya no resulta necesaria aquella “buena educación” que considerábamos fundamental para la convivencia hace unos años. Se trata ahora de innovar, establecer normas sin norma que respeten la creatividad o la inventiva de cada individuo de manera que este no se sienta constreñido por reglas que establecieron, sin su consentimiento, quienes lo antecedieron.
Quizás por eso, para los que nacimos y nos desarrollamos en épocas anteriores, resulta refrescante el reencuentro con viejas páginas (obsoletas o eternas, depende de la visión de cada uno), en las que se nos proponían unas normas de convivencia que se nos antojaban útiles y provechosas.
En la segunda parte del Quijote, ya hacia el final, se narra el encuentro del caballero con unos duques con mucha necesidad de embromar a cualquiera que se les acerque para aliviar la monotonía de su existencia campesina y vacua. Hay un par de capítulos dedicados a la recopilación de esas normas que citábamos antes, en los que conviene detenerse.
Sancho, sumergido en la broma de los duques que raya en la crueldad, es nombrado gobernador de una ínsula, la que su señor natural y amo le viene prometiendo desde que iniciaron su andadura. Solo que esta se encuentra en tierra: un lugar de hasta mil vecinos que era de los mejores que el duque tenía.
Don quijote se siente obligado a proporcionar a Sancho algunos consejos y preceptos para el buen desenvolvimiento de su misión, de cuyo éxito jamás duda. El autor los divide en dos partes, a cada una de las cuales dedica un capítulo (XLII y XLIII respectivamente). Primero a las cosas del espíritu:
Has de temer a dios
Haz gala de la humildad de tu linaje
Préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio
La sangre se hereda y la virtud se aquista
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dadiva, sino con el de la misericordia.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena
Etc.
Y luego a las cosas del cuerpo:
No andes desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado.
No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería.
Habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala.
Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra.
Etc.
Dudo que estos consejos (y el numeroso resto que he omitido), tan elementales y de uso universal a primera vista, pudieran ser de aplicación en nuestros días.
Al mismo Sancho, parecen hacérsele cuesta arriba:
—Señor –respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué me han de servir, si de ninguna me acuerdo?




miércoles, 16 de enero de 2019

RELEYENDO EL QUIJOTE (IV).


Hinchar el perro

Me contaba un amigo periodista la dificultad, que solo el buen oficio soslaya, de encerrar en un marco determinado y necesariamente breve, el mensaje que se quiere transmitir. “A los mejores periodistas –me decía-, se les encargan siempre los artículos más cortos. Son los únicos capaces de encerrar en un breve texto lo que otros necesitan páginas para explicar”. 
Escribir es cosa fácil y hacerlo en extenso, con frecuencia liberador y terapéutico. Hacerlo bien, es cosa que se encuentra al alcance de muy pocos. Basta visitar cualquier librería para apreciar la cantidad de volúmenes que surgen como hongos en época invernal. Cuantos sean interesantes, instructivos o simplemente divertidos, es más difícil de apreciar. Comprar un libro de autor desconocido implica considerables riesgos y onerosos dispendios, han alcanzado precios que se dejan sentir demasiadamente en esta época de crisis. Por fortuna, el afán de escribir se sigue extendiendo en nuestros días, lo que por un simple cálculo estadístico, supone que la posibilidad de que afloren buenos escritores es esperanzadora.
El negocio de la editoriales ha trasmutado los conceptos de rigor y categoría literarios entremezclándolos con el puro negocio de las ventas, lo que permite asistir al bochornoso espectáculo de que novelas mediocres obtengan éxitos de ventas millonarios mientras que otros libros de extraordinaria calidad solo conocen una o dos discretas ediciones y, pasado poco tiempo, resultan difíciles de encontrar . De la poesía u otros géneros de consumo minoritario, no hablemos. Se ha puesto de moda la novela negra y a ella acuden en tropel multitud de jóvenes escritores sin decantar, con mínimas herramientas adquiridas a trompicones, muchas truculencias y lenguaje patibulario pensando que sean estas herramientas bastantes para alcanzar fama y fortuna. Por suerte entre tanta ramplonería surge de tarde en tarde, alguna perla cuyo brillo acaba convirtiéndose en permanente.
Volviendo a mi amigo el periodista, “escribir bien no es escribir mucho”, añadía. Recuerden la anécdota del inefable don Miguel (sobre cuya categoría literaria hay pocas dudas) en el prólogo de la segunda parte del Quijote, refiriéndose al apócrifo que se había apropiado de la primera del suyo hinchándola a modo:

Había en Sevilla un loco que dio con el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo, y fue que hizo un cañuto de caña, puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: “¿Pensaran vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?”.
¿Pensara vuesa merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Dª. Emilia Pardo Bazán, explicando la diferencia entre la novela y el cuento, aconsejaba no alargar innecesariamente este último pretendiendo transformarlo en una novela corta. Son géneros diferentes que tienen espacios y estructuras distintos. “Noto especial analogía entre la concepción del cuento y la de la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo y muy intensas”, escribía. Algunos cuentos de Maupassant (Bola de sebo, La casa Tellier), de Chejov (Los Campesinos), de Katherine Mansfield (En la Bahía), o Miguel Espinosa, por citar algún autor más próximo (Clavero y Pili), desbordan los límites normalmente asignables al cuento.
En tiempos más modernos, triunfa el micro relato, una especie de aldabonazo de pocos caracteres capaz de causar un impacto repentino y brutal como un chiste o una mala noticia, que se recuerdan en un solo bloque, sin fisuras.
Con un micro relato, sí que es imposible “hinchar el perro”; perdería por completo su frescura impactante. Quede la práctica del perro para los que somos menos ingeniosos y tomamos pocas lecciones de mi amigo el periodista.

jueves, 29 de noviembre de 2018

RELEYENDO EL QUIJOTE (III)


Arrancada

La lectura me parece uno de los hábitos que con menor riesgo pueden recomendarse. Nunca he sabido de ningún libro que haya hecho daño alguno a no ser que se emplee para menesteres arrojadizos muy lejanos de su fin originario, o para iniciar fuegos reparadores como recomendaba el personaje de Vazquez Montalban. De todos los que hasta ahora he leído, por malos que sean, no hay ninguno que no tenga algo bueno, siquiera mínimo: la descripción de un lugar desconocido, una frase acertada, un dicho memorable; no creo que exista ningún autor en el mundo incapaz de dejar, al menos una frase ingeniosa en su obra, por breve que sea. Otra cosa diferente (y nociva) son los libros de adoctrinamiento, sectarios y faltos de imaginación bajo cuya egida todos corremos peligro de caer, pues pocas cosas hay en el mundo más fáciles que sucumbir a una idea llena de fanatismo si la naturaleza o la geografía nos predisponen a ello.
Y digo esto porque a pesar de los ciertos riesgos que entraña, el hábito de leer desarrolla el intelecto, creo que en mayor medida que ningún otro, de manera que asomándose a un libro de determinada especie, en él suelen contenerse referencias de algunos otros temas; y el lector que ha desarrollado la curiosidad (que es condición inherente a lectura), se sentirá intrigado por aquellos y procurará buscarles desenlace y fin, y así de uno en otro, saltando o sacando una tras otra las cerezas entrelazadas del cesto, irá abriendo su mente al mundo y notándose más ignorante y discreto a medida que su saber aumenta.
Pasa algo parecido con el hombre que, sin salir nunca de su lugar, vida, costumbres y lengua, se aventura a otros países y lugares. Observará con sorpresa que muchas de aquellas cosas que le dijeron sus mayores no son rigurosamente ciertas: ni su lugar es el mejor del mundo (unos mejores, otros peores, en definitiva, muchos diferentes), ni sus costumbres las que hay que universalizar colonizando otras, ni su lengua la más sonora y culta… el buen aldeano, abiertos los ojos de su mollera gracias a la mirada hacia el exterior, será, en mayor medida dueño de unas decisiones que vendrán del conocimiento.
Y nuestro buen hidalgo Quijano empezó por ahí. Solo que cometió un error fatal: el de la escritura sesgada. Se dio a leer libros de caballerías solamente. Debía ser un hidalgo ilustrado o de familia de profesionales que lo hubieran familiarizado con los libros, porque en la época no debían abundar granjas ruinosas como la suya con nutridas bibliotecas, y menos quien las utilizara. El caso es que el buen caballero se desvelaba intentando comprender aquella sarta de disparates: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra fermosura. Y, sin otra ocupación provechosa (que los caballeros tenían prohibidos los trabajos manuales y ni siquiera el socorrido hobby del bricolaje les estaba permitido), polarizó toda su atención en la lectura. Sabido es lo nocivo de cualquier habito que se deslice en una sola dirección, como resulta monstruosa la pata de la estrella de mar que, una vez amputada, crece hasta lo inverosímil desequilibrando el conjunto, antes armonioso.
El pobre acabó perdiendo, parcialmente, el juicio. Yo me pregunto ¿un hombre viejo (de 57 años en una época donde la media de vida era de 30), no estaría llegando modus naturalis, a esa época en que los recuerdos se apantallan y la memoria se licúa por lo suyo? Dejémoslo como hipótesis. No es que se le fuera la olla por los libros solamente, es que le pilló mayor y vino a caer en el disparate de querer ser quien no era:
Y fue que le pareció conveniente y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones  y peligros donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.


jueves, 1 de noviembre de 2018

RELEYENDO EL QUIJOTE (II).


La primera burla

Don Miguel empieza en broma: “Desocupado lector”. Supone al que inicie la lectura del libro sin nada mejor que hacer, como al protagonista le pasaba. Arranca de un punto de modestia en lo que a su persona se refiere, seguramente al uso en la época, procurando a base de ingenio, darle la vuelta a la tortilla. ¿Qué va a salir del estéril y mal cultivado ingenio suyo sino un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios? (por variados o estrafalarios). Y asume solo parcialmente la paternidad: aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote, sin duda refiriéndose al verdadero autor, el moro Cide Amete Benengeli. Para más pantalla, mete en el asunto a un amigo que entra a deshora, gracioso y bien intencionado al que le confía su miedo al juicio del antiguo legislador a quien llaman vulgo, cuando salga al mundo con sus años a cuestas y una leyenda seca como el esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos (por fabuladores) y profanos.
Como los abogados con escamas que siempre aconsejan al cliente la táctica de “la persona interpuesta”, Cervantes le carga al amigo imaginario (o real, vaya Ud. a saber, que en la fantasía cabe todo) la prueba del consejo que luego explotará al máximo: los sonetos , epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes  graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis algún trabajo en hacerlos y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisieredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trebisonda.
Define lo que quiere que el libro sea: una invectiva contra los libros de caballerías, […] vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y el el vulgo tienen los libros de caballerías.
Los prólogos de los libros, con ser la cabecera, se suelen escribir una vez pergeñada la obra de manera que vienen a ser como una declaración de intenciones y resumen de lo que en la obra ha salido (que no siempre sale lo que se imaginó al comenzarla). Así pasaría seguramente con el Quijote, que empezó de una manera y acabó de otra. Al don Quijote primigenio, maquinador de su nuevo destino en la soledad de sus aposentos llenos de libros, se le añade pronto su gran contrapunto barrigón y lleno de socarronería que permitirá el jugoso y disparatado dialogo a lo largo de la obra; cuando iba rumbo a Zaragoza, las circunstancias lo llevan a Barcelona, etc.
Y el amigo que lo visita “a deshora”, acaba haciéndole el resumen de lo que la obra pretende; que el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. Llevad la mirada puesta a derribar la maquina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto alcanzasedes, no habréis alcanzado poco.
Parece que, en efecto, lo alcanzó.
Y arranca a renglón seguido con una sarta de versos a cual más disparatado, tal y como le ha recomendado “el amigo”. Empieza con los de pie quebrado (artificio cómico muy al uso de la época) de Urganda la desconocida, la maga protectora de Amadís de Gaula. Luego el propio Amadís, redivivo, le enjareta un soneto donde cita su retiro en la Peña Pobre, motivo que a don Quijote dará inspiración para el suyo en Sierra Morena, ya en el capítulo XXV de la primera parte. Toda una sarta de personajes ilusorios y estrambóticos desfilan por la exposición poética: don Belanís de Grecia, La señora Oriana, a lo que parece también versificadora, dama de Amadís de Gaula y residente en Londres; Gandalin, escudero del anterior al que visita la musa en ocasión de dirigirse a Sancho, su homónimo; luego el caballero de Febo, escapado del Espejo de príncipes y caballeros que escribiera Diego Ortuño hacia 1555; un anónimo Solisdan, colado de rondón, para acabar con un desternillante soneto en el que dialogan Babieca y Rocinante, a los que separan una distancia de cuatro siglos. Babieca llegó a vivir muchos años (dice la tradición que más de cuarenta) pero aún así es poco probable que llegara a conocer a Rocinante.

jueves, 18 de octubre de 2018

RELEYENDO EL QUIJOTE (I).


Encuentro con el caballero

Eran años grises de los que recuerdo en forma especial los inviernos brumosos de una Murcia más húmeda. Los señoritos vestían trajes Príncipe de Gales cruzados y llevaban sombrero, los obreros, pantalones de pana con parches de colores variopintos en las rodilleras, gorra y zapatillas de andar por casa o esparteñas. Los señoritos se hacían lustrar los zapatos los domingos después de misa por limpiabotas genuflexos en la puerta del Casino, (que aún no había alcanzado la realeza). Observaba fascinado, de pie junto a la silla ocupada por mi padre, la habilidad con que el hombrecillo de dedos tintados en mil colores, cambiaba de mano el cepillo con un golpe seco y preciosista que exhibía con orgullo de profesional. Luego retiraba los cartoncillos resobados que protegían los calcetines del cliente y procedía a sacar el ultimo brillo con un paño, negro por un lado y rojo por el otro, según requiriera el color del calzado, pasándolo con brío de acordeonista para acabar diciendo “servido” mientras tendía la mano en espera del el magro óbolo, voluntad del cliente.
Los niños de la época teníamos poco contacto con los mayores, especialmente con los padres, siempre ausentes en trabajos múltiples. La educación estaba encomendada a las madres, verdaderas matronas romanas, refugio y fortaleza de todas nuestras cuitas, aunque poco duchas en prepararnos para los avatares de la vida. El cariño, maternal y completo, se reducía a unas disciplinas básicas de relación con los hermanos (que solían abundar), la adquisición y practica de buenos modales y el arte de manejar cuchillo y tenedor. De lo demás, se ocupaban en el colegio. Los chicos en los Maristas o Capuchinos y las chicas en las Carmelitas descalzas, a las que por cierto nunca les vi los pies, o en Jesús María, las que pertenecían a familias de mejor acomodo.
Por aquellos primeros años de bachillerato, mi curiosidad me llevó a penetrar, casi violar, el único sancta-santorum que en la casa había: el despacho de mi padre. Era una habitación grande, situada a un lado del largo pasillo que las casas solían tener entonces, donde nunca entraba nadie ni siquiera a limpiar. Solo mi padre, a últimas horas de la tarde, para coger los dos o tres libros que llevara en danza y que leía alternativamente en la mesa de camilla del comedor, abstraído del bullicio que solía reinar a su alrededor.
Aquel despacho, por el que el resto de los habitantes de la casa nunca mostraron  interés a pesar de que jamás se cerró con llave, me fascinaba. A la izquierda había una gran mesa de despacho de madera negra, brillante y labrada con cajoneras a ambos lados. Estaba rodeada por un cerco de pilastrillas torneadas unidas por varetas en la parte superior para impedían que cualquier objeto pudiera deslizase hasta el suelo. Un cristal sobre fieltro rojo cubría toda la superficie. Cubierta de papeles y expedientes, siempre los mismos, que nunca logre averiguar que hacían allí. Eran papeles de juicios o cosas por el estilo, seguramente de hacía muchos años, a juzgar por el leve polvillo gris que los cubría y que estaba rigurosamente prohibido retirar. Frente al sillón, donde pocas veces vi sentado a mi padre, había una escribanía de plata con una campanilla de sonido diáfano y cristalino que aún conservo.
Las paredes estaban llenas de libros. En los anaqueles más altos, muchos de pergamino que nunca me atreví a alcanzar, pero mas bajo había obras de Historia, Economía, Filosofía y Literatura que me resultaban ininteligibles pero  me impresionaban por sus esmeradas encuadernaciones y sobre todo por el olor especial que tenían, que tienen, los libros que han permanecido mucho tiempo cerrados cuando se abren. Años después, supe que la mayor parte de aquella biblioteca le había llegado a mi padre  un tío suyo,  misógino, masón, caballero de Calatrava y licenciado en Historia, que dedicó toda su vida a la investigación y la enseñanza, al parecer con escaso éxito.
De mis investigaciones entre aquellos mamotretos a la búsqueda de algo que fuera diferente a los aburridísimos libros del colegio, solo me fueron accesibles unos pocos: los viajes de Alí Bey, que me resultaba el colmo del exotismo; entonces ni siquiera barruntaba que pudieran haber países como los que allí se describían y mucho menos gentes de otras religiones o culturas. Luego di con unas obras completas de Mark Twain, en papel biblia encuadernadas en color marrón a las que me apliqué de inmediato. No entendí con facilidad a aquel niño, sin más amparo que la tía Polly, en un ambiente que me resultaba extraño, pero me identificaba con su espíritu libre y el comportamiento de una madurez que envidiaba. Nunca lo he vuelto a releer, temiendo que aquella imagen perfecta que guardo pueda verse mixtificada por mis propios cambios. Nunca he olvidado una frase dicha en medio de una pelea con espadas de madera en la que, ya no recuerdo si es Tom o uno de sus amigos, cae en su papel de herido sobre un lecho de ortigas y el narrador concluye “levantándose con harta agilidad para tratarse de un cadáver”. Creo que la primera lección práctica de mi vida me la dio el pasaje en el que Tom, obligado por la tía Polly a enjalbegar la verja (que tampoco me imaginaba lo que era, porque nunca había visto una verja de madera rodeando una casa y mucho menos la necesidad de enjalbegarla) convierte lo que era un oneroso trabajo en una empresa rentable en la que enreda a sus colegas que le ruegan permitirles hacer aquel interesante trabajo a cambio de valiosas “mercancías”: una rata muerta recen cobrada, un lápiz sin punta, unas canicas o una madeja de lana sin utilidad inmediata.
La segunda parte, las aventuras de Huckleberry Finn, ya no me interesaban tanto, el personaje, después de Tom, no me parecía atractivo, y su huida Misisipi abajo en compañía del negro Tom, esclavo fugado (que también me resultaba lejano e increíble mientras que Tom me parecía contemporáneo). Me resulto pesada. Ahí lo abandoné.
Mi padre debió darse cuenta de mi interés por la lectura y en uno de los escasos momentos de atención que procuraba distribuir con cierta equidad entre cada uno de sus numerosos hijos, me recomendó que leyera el Quijote, señalándome el estante donde se encontraba y en el que yo nunca había reparado. Era una edición en octavo, en cuatro tomos que dormía entre todos aquellos libros “serios” que poco interés podían despertar en un mozalbete de mi edad.
El libro me resultó ilegible y antipático. Las páginas eran duras como el cartón, desagradables y crujientes, de pergamino añejo; teñidas de amarillo en los bordes, sin una sola nota. Sencillamente indescifrable. No tenía la menor idea de lo que era la Mancha, ni un rocín flaco, ni un galgo corredor, mucho menos los duelos y quebrantos o la lanza en astillero. De la rodela no hablemos. Con gran disgusto de mi padre, abandone la lectura en las primeras matas.
Me consolé de aquel fracaso con otro hallazgo: dos novelas de la colección de bolsillo Alcotán, encuadernadas en rustica, con una letra infame que ahora me sería imposible leer: “Banderas al viento” y “Un buque de línea”, de C. S. Forester. Aquel fue mi primer encuentro con el, entonces, capitán Hormblower (apellido que aun hoy me resulta impronunciable), cuyas aventuras completas duermen ahora en mi biblioteca reeditadas por Edhasa muchos años después.
No recuerdo otro tropiezo con el Quijote hasta la Universidad Laboral de Sevilla donde pasé un infortunado invierno, alrededor de mis diecisiete años. Huyendo de las aburridas clases que nunca consiguieron hacer de mí un buen Aparejador y de los soporíferos y aterradores sermones salesianos, solía refugiarme en la biblioteca, notablemente surtida. Allí encontré una edición del Quijote mucho más asequible, con multitud de notas, creo recordar que de Lázaro Carreter. Aquello fue un hallazgo interesante y accesible. Me apliqué a leer más las notas que la historia, pues eran estas las que me revelaban el verdadero sentido de aquellas cosas que había entendido poco y mal. Hasta que logré desentrañar el sentido crítico y festivo de la obra, pasó mucho tiempo, pero el gusanillo, la curiosidad por entender aquellos personajes, entonces indescifrables, pero que intuía fundamentales, ya estaba dentro de mí.