sábado, 4 de abril de 2026

CHARLAS CON ALEX, V. Republica

 

—Abuelo, volviendo a lo del otro día, le eché un vistazo a la Política y en una nota a pie de página dice que la mejor Constitución es una aristocracia mixta, una mezcla de aristocracia, oligarquía y democracia; o bien una politeia, mezcla de oligarquía y de democracia que puede resumirse como “republica”.

—Esa era una palabra que estaba proscrita en mis tiempos, fíjate tú que cosas. Hoy por fortuna se habla de ella con la mayor naturalidad, hay debates sobre monarquía o república y es muy posible que, andando el tiempo llegues a ver a esa señora más de cerca. Pero a lo que vamos de las mezclas: me gustan, como los perros de mil razas que tienen un poco de todas ellas y suelen ser listos y capaces de adaptarse a cualquier situación. Por eso no me gustan los gobiernos con mayoría absoluta ni las dictaduras de cualquier clase que sean.

—Pero si no hay una clara voluntad que mande, es difícil llevar a cabo un proyecto político.

—Es difícil pero no imposible, ahí radica el mérito del quehacer político: en aunar voluntades, escucharse unos a otros, tomar en cuenta las opiniones de los demás, aunque sean discrepantes de las nuestras —siempre que estén dentro de la legalidad— y en llegar mediante pactos y consensos a acuerdos en los que se sientan reflejados todos los ciudadanos, sea de la tendencia que sea. Eso es mucho más complicado y requiere más categoría y cintura política que gobernar con el “ordeno y mando” como se hace en las dictaduras.

—A mí eso de las dictaduras me suena a cuento chino.

—Precisamente, ahí tienes a China con una dictadura, del proletariado o de lo que sea, un tipo de gobierno sin libertades y con terribles carencias democráticas y sin embargo se ha puesto a la cabeza del mundo en temas económicos y están colonizando media África. Observa la paradoja. A lo mejor si le preguntáramos a un chino si prefería morirse de hambre como antes o comer todos los días tres veces, aunque tenga menos libertad, nos sorprendía su respuesta.

—La próxima vez que vaya a un restaurante chino lo pregunto.

—Prueba, pero me da que son demasiado discretos y tienen bastante con buscarse la vida en un país tan alejado del suyo para meterse en más conflictos. Cíñete al estudio de la Constitución y no le busques tres pies al gato.

—Será de las constituciones, porque en este país, después de las monarquías absolutas, llevamos unas cuantas.

—Y tanto, nada menos que ocho: la famosa “Pepa” de Cádiz que inauguró la serie, y luego las de 1834, 1837, 1845, 1869, 1876, 1931 y por fin, la vigente desde 1978. Unas duraron más y otras menos.

—La actual es de las que más ha durado, ¿no?

—Si no contamos la de la Restauración de 1876, sí. El problema de las constituciones es que, como todo lo humano, necesitan prudentes y periódicas revisiones. Sólo los libros sapienciales permanecen incólumes a través del tiempo. Por eso tienen tantas dificultades para irse adaptando a la actualidad.

—¿Quieres decir que nuestra Constitución actual necesita una revisión?

—Desde luego. Es más, te diría que la pide a gritos. Hay muchos temas que ya han quedado obsoletos, empezando por la monarquía, la relación con la iglesia católica y otras confesiones que no tenían presencia en nuestro país cuando se redactó, la distribución territorial y un largo etcétera.

—¿Y por qué no se ponen a ello?

—Ay, amigo mío, eso es harina de otro costal.